- "[...] Since you've been such an inspiration for people around... Wow, man! You just ran into a big pile of dogshit!"
- "It happens."
- "What? Shit?"
- "Sometimes."
("Forrest Gump")

miércoles, 22 de junio de 2011

Cartas a la señora Hernández (IX): La luz al final del túnel

Majestuosa señora Hernández:

Hoy fui a ver a la Oncopatrulla X (The Sequel). A Quimio-Oncólogo lo he rebautizado el Hombre Químico, que suena más a superhéroe con leotardos. Mentsch Surgeon y el Hombre Químico me han hablado así, al alimón, y me han contado que mi ex-tumor (bueno, un fragmento muy pequeñito del mismo) ha vuelto de sus vacaciones en Florida tan moreno y relajado que ha resultado ser de poca tendencia a reproducirse en un futuro, qué esfuerzo, qué pereza. Así que parece que voy a poder conservar las cejas y otras pilosidades. Me libro de la quimioterapia, señora. Parece que los genes perversos que heredé de Santa Madre a fin de cuentas no han sido tan perversos, y que me ha tocado el Rolls-Royce de los cánceres de mama. Hombre Químico ha coronado la buena noticia diciéndome que toda esa sangre que ha pedido que me saquen para todos esos análisis que me ha hecho estas dos semanas pasadas prueban que tengo el cuerpo de una veinteañera. De una veinteañera cansada, aclaro. Creo que Hombre Químico se refiere más a mi conteo sanguíneo que a mis muslos, pero en cualquier caso a mis treinta y nueve sienta bien tener algo de veinteañera. Lo que sea.

Mentsch Surgeon parecía muy contento de poder darme buenas noticias, por mi parte le he dicho que no se lo tome a mal, que me parece encantador, pero cuanto menos lo vea en lo sucesivo, mejor. Él ha sonreído y ha dicho que en tres meses, con galletas, es una orden. Y me ha dejado con Hombre Químico y Radio Chica (que se ha unido al festejo). Entre los dos han empezado a hablarme de la radioterapia, y de la hormonoterapia, y he tenido que pedirles un momento, porque han empezado a bombardearme de información y yo aún andaba digiriendo la noticia. Digamos que estaba preparada para lo peor (cinco meses más de quimio y horrores varios), y resignada a hacer lo necesario para sacarme esta mierda de encima, pero que si me dan a elegir entre cinco meses de calvario y seis semanas de radioterapia, como máximo, prefiero la segunda opción, claro está. Y si me dan a elegir entre la radio y una patada en la boca -siendo la patada terapéutica y ofreciendo las mismas posibilidades de curación-, uhm, creo que hubiera elegido la patada. Al menos se termina rápido. El caso es que empiezo a ver la luz al final del túnel, señora, y no, no es que me muera (no ahora mismo, un día, seguro que sí), es que este episodio toca a su fin. Y empezaremos nueva temporada, con nuevo guionista. Tengo unas ganas locas. Y tengo una suerte flipante.

Así que he pedido un momento, y les he dicho que me costaba contenerme para no hacer una happy dance en la misma consulta. "Pues no se corte", ha dicho muy sonriente Hombre Químico. Y no me he cortado. He dicho "Yesssssss", haciendo lentamente círculos con los puños cerrados y girando las caderas. Tras lo cual he vuelto a sentarme en la camilla, modosita. Y me han explicado lo del tamoxifeno y sus efectos secundarios posibles; cómo voy a engordar, y a perder las reglas con el riesgo consiguiente de embarazo no deseado por falta de precaución, y a tener un bajón de líbido, y a tener cambios bruscos de humor y volverme una perra generalizada. Les he dicho que no hay problema, que los efectos secundarios parecen ser un problema sobre todo para Monsieur M., que como se ha casado conmigo, está atrapado cual rata en un cepo. Los dos médicos parecían un poco perplejos. Radio Chica me ha contado cómo van a churruscarme en el programa popcorn de un enorme microondas radioactivo, y cómo me va a dar la impresión de estar pasando el verano en Fukushima. "¡Venga p'alante!" le he respondido, entusiasta. (En realidad he dicho "Bring it on!", que es lo mismo). Estaba tan contenta y aliviada que si me hubieran dicho que además de recibir una patada en la boca tendré que leerme todos los libros escritos por Paulo Coelho, hubiera accedido sin rechistar. Bueno, igual a lo de los libros de Coelho no, pero a la patada sí.

Esto ya no va a durar mucho, señora. Ya le digo, veo la luz. Creo que es la del baño, he debido olvidarla encendida.

Ahora en serio: la cantidad (y la calidad) de personas que se han alegrado sinceramente conmigo es bastante maravillosa .  No sólo tengo la mejor clase de tumor posible, también tengo la mejor clase de amigos.

Abrazos y besos jubilosos.

jueves, 9 de junio de 2011

El exorcista

Paciente Impaciente está sentada frente al ordenador, intentando llamarse al orden y escribir algo en su blog de tetas, al que tiene bastante olvidado. Monsieur M. le ha hecho notar más de una vez que llamarlo así delante de terceras personas ajenas a la compleja vida interior de los habitantes de la barraca montrealesa suena un poco raro, y que si no le creo, que busque en Google "blogs de tetas" y vea lo que sale en los resultados. Paciente Impaciente piensa que si cualquiera que se ponga a buscar blogs de tetas en el ciberespacio cae por accidente en su blog, se lo merece, las tetas son multidimensionales y un verdadero entendido debería familiarizarse con los tumores y otros baches que puede encontrarse en el camino al placer.

No vayáis a creer que Paciente Impaciente no escribe (ni en su blog de tetas ni en el otro, el que engorda) porque esté postrada en su lecho, cual dama de las camelias, retorciéndose de dolor y llevándose delicadamente a la nariz un pañuelito de encaje. No. Qué va. Como su tumor aún no ha vuelto de sus vacaciones en Florida (por lo que tarda debe de estar en Orlando, visitando Disney World), Paciente Impaciente se dedica a tiempo completo a la actividad que más tiempo le está ocupando durante este cáncer: la espera. Tampoco es una espera totalmente infructuosa, en lo que lleva desde la operación, Paciente Impaciente ha aumentado su equipo de médicos particular: además de Mentsch Surgeon, ahora cuenta con Quimio-Oncólogo, el rey de los metales pesados, y Radiochica, la oncóloga que va a encargarse de hacerle brillar en la oscuridad. Paciente Impaciente tiene su propia Patrulla X oncológica. La Oncopatrulla X, la llama ella. Todos estos docs siguen en la misma línea de todos los que ha conocido hasta ahora en el Jewish General Hospital de Montreal, son gente extremadamente encantadora y amable. La primera consulta con Radiochica le hizo sentirse particularmente vieja, esta especialista tiene los 30 recién cumplidos y una cara de 27. Debe de ser la radioactividad. Paciente Impaciente confía en que a ella le produzca el mismo efecto.

Así que ella espera, y rellena hojas con árboles genealógicos para Supergenetista, próximo fichaje para la Oncopatrulla X. Y manda currículums, algo que puede revelarse bastante útil en un futuro no muy lejano, especialmente ahora que ya sabe con bastante certeza que va a disponer de un futuro. Paciente Impaciente no sabe muy bien si es culpa del cáncer o simplemente éste le sirve de excusa estupenda, pero en las últimas semanas ha pasado por un cambio de actitud bastante sutil. Ella que solía poseer una autodisciplina marcial, ahora se dice muy a menudo -"Bof, y qué, si no lo hago." Y así a empezado a escribir menos simplemente porque no tiene ganas, y los brotes de sus tomateras que tenía que haber transplantado hace ya dos semanas sobreviven ahí, a duras penas, y los parches de escayola que le dejó el Jules en el techo de la cocina siguen a la vista, sin que haya repintado, y los recibos se le apilan sin haberlos organizado. Paciente Impaciente no se reconoce: la colada se acumula, deja libros sin terminar y hace novillos a la clase de yoga para quedarse en el parque a comer un helado, por la simple razón de que hace calor. Y se pregunta si al final las conclusiones que saca de su leve roce con su propia mortalidad se reducen a esto: en el lecho de muerte nadie dirá nunca "lamento morir sin haber puesto al día mi contabilidad", o "siento dejar este mundo sin haber lavado la ropa blanca y sin haber perdido los cuatro kilos que me sobraban". Bof.

En estas divagaciones anda ella, mirando perezosamente sitios de búsqueda de empleo, y anda imaginándose una hipotética empresa con la que nunca más necesitaría un jefe en su vida, cuando suena el teléfono. No diré que la que llama es Naturópata Alternativa, porque en este blog mis ficciones son todas reales, pero sí que confesaré que la que llama es una conocida que sirve de inspiración a dicho personaje. Bueno, a la mitad del personaje.

Paciente Impaciente: -"Oui, allô?"

Naturopesada saluda, la voz intensa y rebosante de buenas intenciones: -"Hola, llamaba para ver qué tal estás."

Paciente Impaciente, aún mirando la pantalla y siguiendo la lista de ofertas: -"Euh, pues bien, gracias. ¿Y tú?"

Naturopesada responde ofendida, casi ultrajada: -"¡Yo no soy importante, querida! La que importa ahora eres tú. Suenas bien. He estado canalizando energía toda la semana."

Paciente Impaciente levanta los ojos al cielo, muda. Suele pasarle cuando oye las palabras "canalizar" y "energía" en la misma frase. Se pregunta por millonésima vez por el oscuro pasado hippy de monsieur M., pasado que le ha dejado estas amistades residuales, y toma la resolución de que cuando llegue a casa va a pedirle que explique a su comuna que no me llamen cada vez que se les ocurra, yo qué sé, hablar con sus contactos klingones y conseguirme una cita con el doctor Spock, por ejemplo. 

Naturopesada ignora olímpicamente el silencio al otro lado de la línea, y prosigue, entusiasta: -"Te he estado mandando pensamientos de amor y sanación, especialmente durante mis cursos de chi kung."

Paciente Impaciente se sujeta el auricular en la barbilla y empieza a teclear sin remordimientos una búsqueda de recursos para trabajadores autónomos: -"Uh... ¿ah, sí?" Ella es así, tiene una confianza obsoleta y trasnochada en la ciencia en general y en la medicina occidental en particular.

Naturopesada: -"Sí. Toda la clase se unió al final, en una meditación dirigida. ¿No sentiste la energía?"

Paciente Impaciente, tecleando en busca de subvenciones: -"Estoo, no. Ayer pasé un buen rato en el metro, debí de estar sin cobertura."

Naturopesada, ligeramente ofendida: -"Te estoy hablando en serio. Ya sabes que Louis -su marido- tiene sangre india..."

Paciente Impaciente no ve muy bien dónde quiere ir a parar Naturopesada, ni le interesa mucho, la verdad. Y empieza a darle ligeramente igual que su falta de interés sea palpable desde el otro lado de la l­ínea. Desde que tiene cáncer y recibe cuarenta recomendaciones absurdas por semana, Paciente Impaciente ha empezado a relajarse bastante en lo de mantener los buenos modales. -" Pues no, no lo sabía, pero presiento que me lo vas a contar todo..."

Naturopesada, con una falta de percepción notable en alguien que trabaja tanto su energía: -"...pues sí, y el verano pasado quiso ir en busca de sus raíces y nos fuimos al desierto del Colorado a seguir ese cursillo de chamanismo con los arapahoes..."

Paciente Impaciente deja de teclear: -"Cursillo. De. Chamanismo." Repite.

Naturopesada suspira: -"Oh, sí. Nos cambió la vida."

Paciente Impaciente, temerosa de que Naturopesada se lance a explicar en detalle su cambio de vida, y bastante llena de aprensión: -"Y la relación de ese cursillo de, eh, ...chamanismo con mi cáncer es..."

Naturopesada, contentísima: -"¡Mujer! ¡Pues está claro! Te vienes este fin de semana, primero hacemos una purificación en la tienda de sudación que hemos instalado en el jardín, y luego Louis y yo te hacemos un ritual de curación. Y verás cómo terminamos con el mal que llevas dentro."

Paciente Impaciente eleva la vista al frente, por encima de la montura de las gafas, enarcando las cejas. Una visión centellea en su cerebro: Paciente Impaciente se ve a sí misma tumbada tripa arriba en un tipi, Naturopesada inclinada sobre ella con su brushing de peluquería inflado al helio, agitando un sonajero tribal con su mano bien manicurada, mientras Louis, hombre de mediana edad, suda a una distancia incómodamente cercana vestido tan sólo de un taparrabos (y sus gafas de montura dorada), canturreando para ayudarla a expulsar el mal. Y alguien toca el tamtam de fondo, por supuesto.  Hasta ahora, entre la variedad de consejos más o menos grillados que había recibido (dejar de comer azúcar, comer berros, dejar de tomar leche de soja, comer doce dátiles todos los días, beber jugo de áloe vera, meditar, tomar espárragos licuados, dejar de comer glúten, rezar novenas), ninguno le había preparado para esta oferta de exorcismo.

-"Mmh. Gracias. Pero este fin de semana no va a poder ser, voy a peregrinar al Oratorio Saint-Joseph de rodillas, desnuda y sin lentillas. Y monsieur M. va a venir conmigo para hacerme de lazarillo. Y para twitearlo en directo. Pero mira, en caso de otro cáncer, puedes estar segura de que serás una de las primeras personas a las que llame." (Las primeras serían el padre Merrin y el conejo de Pascua.)

viernes, 20 de mayo de 2011

Simpleza voluntaria o the beauty of downsizing


Uf, esto es terrible, desde que recuperé mi brazo derecho (no, no se me había perdido, sólo me dolía mucho) me digo que tengo que ponerme a postear, y a responder a todos vuestros comentarios atrasados, porque aunque suene a falso, lo cierto es que veo lo de escribir un blog como un diálogo, aunque sea en diferido, entre los lectores y la que suscribe. Nunca me ha gustado hablar sola. Y bueno, con todo el apoyo que me estáis dando desde que empezó la merde,  tendría como mínimo que poneros a todos un piso en la Gran Vía y mandaros un cheque.  Pero soy pobre (mucho), no me llega ni para poneros un saco de dormir en la acampada de indignados, necesito el poco dinero que me queda para pagarme mis tubos de Voltarén y mi chocolate, y esto de tener cáncer es un curro a tiempo completo.  Nunca he visto ni he sido vista por tantos médicos en mi vida. Y cuando vuelvo a casa, no me queda carburante escritor. Espero que esto pase y me ponga al día. Entretanto, y como sé que todos llevamos dentro una comadre, por una vez hago una excepción, me doy al bajo exhibicionismo que caracteriza la vida en la Red y os regalo un pedacito de intimidad: una foto mía. Esto lo he aprendido de Telecinco: si andas a falta de contenido, dales cotilleo. De todas maneras, ya sabéis mucho más de mí de lo que es prudente o de buen gusto.

Los que nunca me habíais visto la faz, no vayáis a escribirme comentarios tocahuevos del estilo "eres mucho más horrenda-gorda-morena-orejona de lo que me imaginaba". En lo tocante a las caras y cuerpos ajenos la imaginación siempre supera a la realidad, y un escritor, así como un buen locutor de radio, no debería mostrar jamás fotos suyas al público. Mi Santa Madre tampoco me imaginaba así, pero el día del parto la pobre tuvo que conformarse con lo que le tocó.

No, esta foto no anuncia la quimio, mi tumor aún no ha vuelto de sus vacaciones en Florida. Creo que a las chicas de la Fundación quebequesa del cáncer de mama les parecerá bien este gesto solidario, porque mi lustrosa melena :-) les jodía bastante (cito textualmente). Aunque las posibilidades de que me sacudan una quimio son bastante escasas, en lo que respecta al pelo he decidido que prefiero despedirlo antes de que dimita.

Todo cambia con el tiempo, yo también. Ya lo cantaba Bowie: "Changes: turn, and face the strain."

PD: (Los gobiernos también pueden cambiar. No les votéis. Yo no lo haré.)

miércoles, 11 de mayo de 2011

Have tumor, will travel


-"Chère Madame Toquero..."  llama suavemente Mentsch Surgeon, asomando sonriente por detrás de mi silla en la sala de espera y poniendo muy ligeramente la mano en mi hombro, para luego hacer un gesto invitándome a pasar a su despacho. Mentsch Surgeon es así, le gustan esos toques de clase como salir él mismo a la sala de espera a buscar a sus pacientes, en lugar de mandar a una enfermera que vocifere mi nombre con una pronunciación tan deformada que rara vez lo reconozco. Mentsch Surgeon incluso se molesta en pronunciarlo cuidadosamente, en su primera consulta me hizo repetirlo varias veces y lo practicó hasta dominarlo. Sospecho que hasta se lo anotó en alfabeto fonético en una esquina de mi historial, bendito sea.

Este hombre también sabe dosificar con un tiento inigualable lo personal (como ese "chère" -"querida"-) y lo formal (el "madame"). El arte de tratar rigurosamente de usted al interlocutor y que no sólo no suene frío, sino que resulte cálido y amistoso, un arte casi perdido que ya casi nadie conoce, salvo contados caballeros como el profesor Lesage y este muy humano cirujano y oncólogo. (A los amigos médicos que leen esto -y hay unos cuantos-, algo que puede refrescarles esos lejanos cursos de etiqueta en la atención primaria al paciente: un par de gestos minúsculos dicen montones de cosas de un médico.)

Mentsch Surgeon saluda, Paciente Impaciente le presenta a los refuerzos (hoy viene escoltada por monsieur M.), se intercambian apretones de manos y el doc indica el acostumbrado camisón de hospital. Otro de esos detalles llenos de tacto que lo caracterizan: sale del despacho. La mayoría de médicos ante los que he tenido que desfilar en topless durante el último año me dejaban como mucho un momento de intimidad detrás de un biombo para desvestirme. Algunos (normalmente los más cretinos) ni siquiera eso: se limitaban a seguir hablando y hablando. El hecho de desnudarme delante de un  desconocido no es algo que en sí mismo atente particularmente contra mi sentido del pudor. Mi sentido del pudor curiosamente no tiene mucho que ver con la desnudez, hay cosas que lo irritan mucho más. Pero algo en el gesto de mostrarse sin ropa ante una persona que uno no ha elegido lo vuelve bastante vulnerable, cuando no lo humilla directamente.

Curioso, lo de la ropa. Sea la que sea, unos vaqueros viejos o un traje de Armani, parece ser lo que nos confiere una gran parte de nuestra humanidad. Sin ella, no somos más que tristes mamíferos pelones y rosaditos. Tiene más que ver con la dignidad que con la decencia, al menos en mi forma de verla. Mentsch Surgeon parece ser consciente de estas cosas, y da un momento más que suficiente para que una se arregle el camisón y se siente en la camilla, y luego llama a la puerta de su propio despacho y espera a que le diga que entre. Innecesario, dirán los más ibéricos de los lectores, sobre todo porque en breves momentos va a palparme los pechos con desenvoltura profesional. Respetuoso, digo yo. Y eso crea toda una diferencia.

************************

Cuando el doc entra, examina a Paciente Impaciente y se declara encantado de la cicatrización y de cómo ha recuperado la movilidad del brazo. Encantado, especialmente porque la paciente anterior a ella, una mujer joven en plena quimioterapia, ha salido de su consulta apoyándose pesadamente en su marido, que lloraba sin intentar ocultarlo. Paciente Impaciente sospecha que Mentsch Surgeon se deja los casos con pronóstico más optimista para el final de la jornada, por la cosa de irse a casa y no tener que beberse dos botellas de brandy, supone. Y lo entiende perfectamente. Y le encanta ser un caso con pronóstico optimista. Tras cerrarse el camisón y contar a Mentsch Surgeon que el yoga combinado con la fisioterapia ha hecho maravillas con su cuerda de guitarra linfática, Paciente Impaciente señala con un gesto la bolsa de papel azul que ha dejado encima de la mesa.

-"Sus honorarios, doc. Mis míticas galletas de cranberries y avena, y una docena de Chocolate Cherry Coma Cookies."

Mentsch Surgeon: -"Oh! Goodie!" (Él es así, mezcla nerdismos monumentales con expresiones como de chaval de diez años.) -"Estupendo, aún no había tenido tiempo de comer. Gracias."

Monsieur M., que hasta ahora estaba sentado modosito y silencioso en una silla para los acompañantes, no puede reprimirse y suelta: -"Si no le gustan, o es usted alérgico, yo puedo hacer un sacrificio y llevármelas al trabajo."

Mentsch Surgeon suelta una risilla: -"Ni lo piense." A continuación se sienta, nos mira y se pone serio. -"Ahora hablemos de lo que le espera."

Paciente Impaciente: -"¿Próximo capítulo... radioterapia?"

Mentsch Surgeon: -"Sí, eso seguro. El tejido que rodeaba al tumor ha dado negativo, pero la radioterapia va a ser necesaria."

Paciente Impaciente, respirando hondo: -"¿Y la quimio? ¿Empiezo a mirar pelucas?"

Mentsch Surgeon: -"Si tuviera usted ochenta años, le diría que no. Pero a su edad, estoy seguro de que los tres queremos que pueda vivir los próximos 45 o 50 años de su vida sin tener otro cáncer." Monsieur M. y Paciente Impaciente asienten. Pausa.   -"Por otra parte, ya sabe que la quimioterapia no es exactamente un paseo por el parque, y que los efectos secundarios a largo plazo tampoco son algo muy deseable. No me apetece sacudirle a usted una si no le ofrece ventajas apreciables, e... ¿imagino que usted está de acuerdo?" Nuevo asentimiento. Nueva pausa. -"Lo que le propongo es que antes de tomar una decisión enviemos una muestra de su tumor a analizar más exhaustivamente. Estos análisis son experimentales, pero han demostrado resultados muy válidos en cuanto al poder de predicción de nuevas recaídas, de la proliferación y de índices de agresividad del cáncer que hasta ahora no eran mensurables. Aún no se hacen en Canadá. Tendremos que mandar la muestra de tejido primero a Boston, y luego a Florida."

Una parte absurda del cerebro de Paciente Impaciente le trae de golpe a la memoria "Tú a Boston y yo a California". Otra se preocupa súbitamente de lo que el doc va a decir a continuación, de que sea algo así como: "Estas pruebas experimentales cuestan la friolera de..."

Mentsch Surgeon: -"Estas pruebas experimentales están cubiertas por la sanidad pública canadiense." Monsieur M. y yo respiramos al unísono, aliviados. Cirujano Humano sigue: -"Pero como la muestra de tejido tumoral se encuentra en el primer hospital en el que la operaron a usted, va a haber un poco de papeleo para que la transfieran."

Paciente Impaciente: -"Creía que ya la habían enviado aquí para que le echara usted un vistazo."

Mentsch Surgeon: -"Así es.  Pero cuando terminamos, tuvimos que mandarla de vuelta. Puede parecerle extraño, pero los patólogos son curiosamente posesivos con sus muestras." Sonrisa divertida.

Paciente Impaciente no puede aguantarse la inconveniencia: -"Uhm, técnicamente, la muestra es mía. Yo soy la madre de la criatura."

Mentsch Surgeon, aguantándose un poco la risa: -"Y tiene usted razón. De hecho, va a tener que firmarme dos formularios de autorización antes de irse." Agita un par de hojas en la mano y me las tiende, junto con un bolígrafo.

Paciente Impaciente: -"Me parece curioso, todo lo que se pasea este pedacito de mi persona. Y ahora Boston, Florida... viaja más que yo." Meditabunda, firma los impresos: -"Have tumor, will travel."

lunes, 9 de mayo de 2011

Diez razones para el júbilo

A todos los que me leéis exclusivamente por los toquecillos de ironía o por mis recetas, hoy no estáis de suerte. Leed otra cosa, el periódico, abrid vuestra página de Facebook, abrid un libro, aprovechad para poneros al día con un capítulo de "Mad Men".

A los demás, guardaos el cinismo en el fondo del cajón del escritorio antes de leer esto, es una orden. A continuación, dadle al "Play" de este vídeo antes de continuar leyendo, es otra orden. Si no os gusta recibir órdenes, no sé qué diablos hacéis leyendo esto, leeros el Marca, o lo que sea. Si os parece que hoy me he puesto hortera y sentimental, me chupa un pie y los ganglios linfáticos que me quedan.


Diez razones para el júbilo inmediato hoy, lunes, un soleado 9 de mayo en Montreal:

1. Al fin es primavera en Quebec, maldita sea. Es oficial, el lilo del parterre está brotando hojas (y atisbos de flores) como loco. En general, todos los arces de mi calle andan expeliendo verde como locos.

2. Doña Marmota ha vuelto. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido excavarse otra madriguera a pesar de que los obreros que cambiaron la escalera de casa rellenaron la anterior con cemento. Teniendo en cuenta de que eso quiere decir que la mitad del parterre va a estar hueca dentro de poco, llena de galerías subterráneas, se supone que en mi calidad de copropietaria de la barraca montrealesa debería preocuparme. Pero cuando he visto la boca del túnel abierta casi en el mismo sitio de siempre, como cada primavera, he sonreído. Y ni siquiera sigo consumiendo morfina.

3. Hace un sol glorioso que permite tomar un té y leer el capítulo de novela correspondiente sentada en el balancín del patio junto a Alfonso.

4. Mis galletas de avena y cranberries (receta dentro de poco en sus pantallas, en el Sirope). Acompañan estupendamente al sol, la novela, el balancín, el té y a Alfonso.

5. Bach. Acompaña maravillosamente casi todo en esta vida, incluyendo este post y lo ya mencionado.

6. Los brotecillos de mis semilleros. Pese a que Julieta se sienta abundantemente encima, estas plantitas parecen llenas de determinación para mantenerse vivas. Me recuerdan a alguien. Bueno, me recuerdan a bastante gente que conozco.

7. Monsieur M. y su habilidad para levantarse, duchar y desplazar su nórdico corpachón, desayunar y salir , todo ello sin hacer ningún ruido, y permitirme así seguir aplicando mi tratamiento preferido, según la señora Hernández: la marmoterapia.

8. Las novelas cutres y entretenidísimas de Charlaine Harris, excelentes en el balancín... ya sabéis.

9. El último retoño de la inmensa camada de niños de mi vecina, que a pesar de tener un patio trasero e incontables hermanos y hermanas con los que jugar, se pasa la vida en el porche delantero, mirando fascinado mis idas y venidas del súper, del hospital, con un par de inmensos ojos color chocolate y un dedo en la boca. Y que se niega furiosamente a saludarme cuando agito la mano. Su madre lo reprende cuando anda cerca, pero a mí esa pertinacia hace que el enano me caiga fenomenal.

10. Ya puedo levantar el brazo derecho a 180 grados, prácticamente sin dolor (apenas una tirantez molesta, y un resto de esa cuerda que da bastante grima). Me ha costado mis tirones, e innumerables repeticiones de ejercicios y rechinar de dientes, pero ha funcionado.


Mañana veo a Mentsch Surgeon y me cuenta lo que me espera (quimio sí, quimio no, etc., etc.). No sé si en mi caso es realmente una razón para el júbilo, pero en el suyo probablemente sí. Le llevo galletas.

viernes, 6 de mayo de 2011

Drugstore Cowgirl

Paciente Impaciente sale del hospital de una de las numerosas citas médicas que iluminan sus días y entra a una farmacia de la cadena Jean Coutu. Las farmacias en Canadá siguen el modelo del drugstore americano: son supermercados enormes en los que se encuentra desde helado hasta anticogelante, pasando por las consabidas aspirinas y cosméticos y un surtido impresionante de chocolates y patatas fritas (substancias terapéuticas donde las haya). También tienen un mostrador y un farmacéutico al que hay que pedirle los medicamentos que requieren receta médica, pero la diferencia con las farmacias españolas es que uno no se ve obligado a pedirle en voz alta delante de un par de abuelas con mirada censuradora los condones a sabor de frutas, con espermicida y rugosidades picaronas. Paciente Impaciente recuerda a un buen amigo que en sus años mozos el pobre lo pasaba tan mal que a menudo entraba a por condones y salía con un cepillo de dientes extraduro. 

Paciente Impaciente se pasea lentamente por los pasillos de la farmacia y se compra:

1. Dos paquetes de tres bragas cada uno (talla pequeña, corte biquini, breve plegaria para que aún entre en ellas), 95% de algodón, 5% de elastán, de colores rosa fucsia, azul eléctrico y negro. Las bragas rosas para las citas con el oncólogo, piensa, por lo simbólico y por darles un toque optimista, las azules para la radioterapia (por lo eléctricas) y las negras, tan sobrias ellas, tan zen, para las clases de yoga. No se compra los sujetadores que van a juego porque en estos últimos tiempos ella sólo se muestra en público en topless. En un momento de delirio, Paciente Impaciente se sorprende imaginando bragas con mensajes impresos en la zona púbica. Si bien es cierto que en el trasero ella dispone de espacio publicitario abundante, en oncología mamaria los camisones del hospital se atan por delante, por lo que el espacio púbico (público) impondría brevedad y síntesis: "Soy una persona". "Tengo un CI de 156". "No vote conservador". O "Tonto el que lo lea", por poner algunos ejemplos. Paciente Impaciente imagina durante un momento mensajes comerciales, y le parece bastante turbador ("Beba Coca-Cola"). 

2. Un paquete de trufas Godiva (también de talla pequeña) y uno de pretzels Snyder's recubiertos de chocolate negro (talla grande, gran descubrimiento). Momento de duda culpable sobre la talla correcta de las bragas.

3. Un aparato de vibromasaje "Vibragel" inalámbrico y recargable, de forma un tanto ambigüa. Según lo que dice la caja, es perfecto para relajar los músculos cervicales y los trapecios tensos. A Paciente Impaciente le parece poco ergonómico para aliviar cualquier otro tipo de tensiones, pero cada uno se entretiene como quiere.

4. El último número de la revista "Better Homes & Gardens", especial huertos orgánicos, en el que se explica con detalle cómo eliminar parásitos de las tomateras sin utilizar pesticidas químicos.

5. Un tubo de crema Voltarén de 150 gramos.

En la caja Paciente Impaciente observa al joven e imberbe cajero de la farmacia mientras éste mete su compra en una bolsa, y le da por pensar en la imagen que proyectan sus adquisiciones: el señor que espera detrás de ella en la cola las mira con cierto interés, probablemente pensando que ella claramente no tiene ninguna vida sexual, como lo prueban la ropa interior anodina que usa y el hecho de que practique la jardinería como pasatiempo antes de los setenta años, que compensa la falta de sexo con una ingestión desmedida de chocolate y que padece de una tendinitis debida a una práctica excesiva de la autosatisfacción, que en lo sucesivo ejercerá con aparatos eléctricos. Paciente Impaciente siente un  poco de calor en la cara y considera volverse hacia el señor de la cola y explicarle que ella vive felizmente en pareja, que tiene un cáncer de mama cuya convalecencia le ha dejado una cuerda de guitarra en el brazo y los músculos de los hombros y los omoplatos hechos un nudo marinero, y que siente un amor desatado por el chocolate y las verduras cultivadas en casa. Lo piensa mejor, se calla, paga y sale de la farmacia comiendo una trufa.

domingo, 24 de abril de 2011

Cartas a la señora Hernández (VIII): relámpagos y milhojas

Epatante señora Hernández:

No sólo le contesto el correo, sino que le diré que ahora me permito un texto largo al día y el de hoy se lo consagro a usted (me gusta utilizar verbos de temporada, y "consagrar" le va muy bien a la Semana Santa). Tengo que andar con cuidado y no escribir mucho, porque el teclear y utilizar el ratón me hace mover todos esos tendoncillos y músculos que tanto me torturan últimamente. De ahí este racionamiento textual. Por una vez en mi vida, tengo que ser más lectora que escritora, cosa que no me viene nada mal.

Comienzo por lo más plastoso, el parte médico: como le conté, parece que en estas dos semanas he desarrollado un efecto secundario no demasiado habitual de la biopsia del ganglio centinela, la trombosis linfática ligera. Sé que la palabra "trombosis" da muy mal rollo (en mi lista de palabras que dan mal rollo, anda en cabeza, junto con "cardenal" -en ambas acepciones-, "parásito" -y sus derivados-, "fascismo" y "alternativo", ésta última ha sido incorporada en los últimos tiempos, por saturación de sugerencias curativas).

No la aburriré con los detalles, que para eso tiene usted una familia entera de galenos; parece que cuando Mentsch Surgeon (Cirujano Humano) me extrajo dos ganglios para analizarlos, los vasos linfáticos afectados por la desaparición de los ganglios se me pusieron a cicatrizar de una manera un poco rara. Y dejaron como residuo una especia de cuerda que da mucha grima, porque la primera vez que se manifiesta es talmente como si un nuevo tendón hubiera hecho su aparición en el brazo, recorriéndolo de la axila a la muñeca (¿ha visto "Alien"?). Esta especie de cuerda duele en sí misma, y si a todo ello le añadimos que el doc tuvo que toquetearme muy ligeramente los alrededores del nervio vago, irritándolo hasta lo indecible, el resultado es que el brazo entero duele que te rilas. El dolor tiene un toque agudo y eléctrico muy desagradable, es la misma sensación que cuando uno se da un golpe en el codo con el canto de una puerta y acierta en el nervio. Pero en todo el brazo. De ahí los relámpagos del título. Para consolarme (y para compensar mi minusvalía repostera de los últimos tiempos), al volver de la clínica de fisioterapia paso por una pastelería de la calle Fleury y me compro un éclair au chocolat. Y cuando no tienen relámpagos, me doy a los milhojas desaforadamente.

La forma de tratar todas estas molestias es bastante primitiva: consiste en que un fornido fisioterapeuta (en mi caso, Carl, negro, treinta y tantos, inmenso como un jugador de fútbol americano, los bíceps de este hombre son como mis dos muslos puestos juntos, algo desproporcionado) le reblandezca a una el brazo con calor húmedo, a continuación se lo anestesie con abundante crema analgésica y después tire de él a profusión en múltiples direcciones. En su uniforme del hospital, Carl tiene toda la pinta -y la actitud- de uno de esos amables y plácidos enfermeros que vigilan los psiquiátricos. Carl es un montrealés anglófono que habla un francés bastante limitado, así que nuestras sesiones de tortura controlada transcurren en inglés. Él dice cosas como "Ahora vas a darme el brazo, sweetie, voy a tirarte un poquito de él, dear, y puede que notes una ligera molestia." Ese tipo de anuncios me hace tragar saliva y responderle: -"Vale, pero cuando termines me lo devuelves." A mí no me importa que se ocupe de mí un fisioterapeuta en color o en blanco y negro, señora, no es eso. Pero es que Carl me sobrepasa de unos ochenta kilos y da bastante miedo cuando se pone a a hacerme crujir diversas articulaciones. Aún así, parece estar ayudándome, y progreso, aunque lentamente. Ya puedo atarme una coleta sin blasfemar. Parece que para que desaparezca la irritación del nervio llevará tiempo, de ahí lo de no emocionarme y no pasar muchas horas delante del ordenador.

Ya ve, yo que me las prometía muy felices, pensando en cómo durante esta convalecencia iba a ser creativa y escribir algo que revolucionara el mundo de la literatura popular, y ver todas las películas de arte y ensayo que tengo atrasadas, en lugar de eso me paso los días siendo manipulada cual muñeca de trapo, comiendo pasteles, leyendo novelas cutres de ciencia ficción y masajeándome el brazo con Voltarén mientras veo basuras protagonizadas por Jennifer Aniston, a la que aborrezco bastante. Estos días en la tele es eso, o "Ben Hur". Y a Charlton Heston en minifalda lo aguanto aún menos que a Jennifer. Normalmente cuando ando de humor a nubarrones el ejercicio me ayuda, pero de momento no puedo hacer mi jogging cotidiano (olvide la idea de cualquier ejercicio que conlleve dar saltos... por no hablar de que aún soy incapaz de embutirme en un sujetador deportivo, con mis costuras aún frescas). Me iría a dar paseos, pero estamos teniendo la primavera más fría y gris de la historia (incluso en términos quebequeses), raro es el día en el que levantamos cabeza de los dos grados. Hacer cosas manuales o cocinar es bastante imposible por el momento, aunque ayer me salté las restricciones, le puse a monsieur M. a cortar y picar verduras e hice un osso bucco bastante esplendoroso. Y según le escribo, una compota de ruibarbo y fresas cuece en la cazuela. Cosas ambas que me levantan el ánimo y me hacen salivar. Esta semana me propongo el faraónico proyecto de plantar las semillas de mi mini-huerto (testimonio de mi fe optimista en que la primavera - la meteorológica, no sólo la astronómica- terminará por llegar). Y de intentar responder a algún correo y a los comentarios que se me amontonan.

Sé que esto es pasajero, señora. Y que tengo suerte de que me haya tocado un petit cancer, en lugar de uno gordo y difícil de curar. Y que aún me quedan tratamientos e incomodidades. Así que intento ser paciente, pero no se me da muy bien lo de la minusvalía. Ni lo de la paciencia. Entretanto, me como todo ese chocolate que usted, Noema y Gin me han mandado, y leo todos sus libros. Y me digo que tengo bastante suerte de contar con usted y con ellas, y con toda esa gente que me ha escrito.
Pues eso. Que la estimo en cantidades industriales. Que sus correos me hacen compañía. Y que esta semana tengo que pillarla para un Skype, me gustaría oír de nuevo su voz cascabelera.

Beso.

Arantza