- "[...] Since you've been such an inspiration for people around... Wow, man! You just ran into a big pile of dogshit!"
- "It happens."
- "What? Shit?"
- "Sometimes."
("Forrest Gump")
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viernes, 29 de julio de 2011

Cartas a la señora Hernández (XI): Sonrisas, lágrimas y cilantro.

Asombrosa señora Hernández:

Lee usted con una celeridad pasmosa. Yo acabo de leer en el metro de vuelta a casa desde el Jewish Hospital el pasaje en el que John Booker, el sirviente de Lord Tobias Penn-Piers (el que mandó cargar su yate para huir de Inglaterra con todas sus pinturas, antigüedades, cubertería de plata y Lady Tobias, si aún quedaba sitio :-) se hace pasar por su patrón ante los oficiales alemanes. Y me he reído mucho. Me estoy reprimiendo para no tragármelo de golpe, lo leo sólo en el hospital y en el metro, para que dure. Normalmente cuando un libro me gusta tanto me da una gula lectora similar a la suya, pero este libro es cortito y la semana empieza a ser durilla. Así que lo dosifico como si fuera un medicamento, porque un libro que provoca sonrisas violentas en cada página me va a venir muy bien en los próximos días.

Hoy me ha caído encima el cansancio radioactivo. Así de golpe, sin previo aviso. Esta mañana me he despertado preguntándome quién me había rellenado los huesos con plomo durante la noche. El trayecto de ida y vuelta al metro (4 minutos a pie, a paso tranquilo) se me ha hecho eterno. Así como cada tramo de escaleras. Normalmente subo esas escaleras de dos en dos. Hoy hasta la escalera mecánica se me antojaba agotadora a mí, que en mi estado normal soy capaz de una respetable hora de jogging cuatro veces por semana. Tiene usted razón, señora  la sensación es tan repentina que una va andando por la calle y de repente se pondría a chillar "rápido, que alguien me acerque un sofá".

Además, una de mis compañeras de fatigas (nunca mejor dicho), Maureen, una señora negra de unos sesenta y tantos elegantísimos, con un perfil de emperatriz africana, unos brazos y unas piernas largos y estilizados y un pelo cortísimo con rizos plateados, acaba de encontrarse otro bulto en el OTRO pecho. Y la pobre estaba a una semana de terminar el tratamiento. Esa noticia, y saber que ayer pasé más rápido que de costumbre porque la paciente que normalmente iba delante de mí (una quebequesa calladita y tímida, muy sonriente) ha muerto, (no me lo han dicho las radiólogas, que son siempre todo sonrisas y ánimos, sino las demás mujeres que coinciden conmigo en la sala de espera) me ha dado bajón. Sé que mi cáncer es mínimo y poco malvado, así que no temo por mí. Pero me ha podido un poco ver que gente que estaba a punto de superarlo... ya sabe.

He llegado a casa cansadísima y gruñona, y cuando Monsieur M. me servía la ensalada de mango, cilantro, aguacate y lima que ha hecho solícito bajo mis órdenes, me he echado a llorar encima de mi cilantro picadito. Teniendo en cuenta que ésta es la segunda llorera digna de ese nombre que me da desde que me diagnosticaron el bicho, no me siento demasiado culpable de abrir el grifo.

Eah, ya pasó. Ahora me dispongo a dejarme llevar de paseo a un barrio del oeste de Montreal, Côte Saint-Luc, un barrio que aún no conozco, y vamos a ir a ver casas bonitas, uno de nuestras actividades gratuitas favoritas cuando somos demasiado pobres para hacer otras cosas. Tengo ganas de salir de casa, del hospital, de ver gente por la calle andando en bici y comiendo helados, gente que no está enferma. Si tuviera dinero, tomaría un jet privado con mi quebequés de marido y le haría una visita relámpago este fin de semana. Y le exigiría que me lleve a la playa y a comer cosas en terracitas. Como por el momento no puedo, me he contentado con seguir su recomendación y buscar "84 Charing Cross Road", de Helen Hanff, y no hay manera. No parece existir en formato electrónico. Iría a la biblioteca, pero ahora mismo sólo de pensarlo me parece como emprender una expedición al Kilimanjaro.

Teniéndola en la más alta estima, la abraza,

Madame.

PD: (No tiene nada que ver, pero esta semana esquilamos a Julieta. La pobre tiene tanto pelo que estaba muriéndose de calor, por no hablar de las bolas de pelo que escupía en los peores momentos en los sitios más inoportunos. Ahora parece un cordero que ha sido atacado por una podadora. Es difícil mirarla sin una mezcla de compasión y risa floja.)

PD2: (Yo no creo en los signos, señora, bueno, los veo, pero me otorgo los derechos de autor, sé que son creación propia y no de un Ser Supremo, pero hoy, día tristón donde los haya, he visto dos que me han levantado un poco el ánimo: una nueva paciente muy simpática, panameña, en los jóvenes cuarenta, que se ha presentado como... adivine, sí... ¡Lupe! :-), y una chica en el metro que miraba fijamente mi libro de Guernsey y al final no ha podido reprimir una sonrisa enorme y me ha dicho: -"Ooooh, I LOVED that book, it's soooo good". Las dos hemos charloteado un poco hasta su parada, en esa complicidad instantánea de gente que adora el mismo libro. Me he dicho que todo no va tan mal si me tropiezo con unas cuantas Lupes aquí y allá.)

miércoles, 22 de junio de 2011

Cartas a la señora Hernández (IX): La luz al final del túnel

Majestuosa señora Hernández:

Hoy fui a ver a la Oncopatrulla X (The Sequel). A Quimio-Oncólogo lo he rebautizado el Hombre Químico, que suena más a superhéroe con leotardos. Mentsch Surgeon y el Hombre Químico me han hablado así, al alimón, y me han contado que mi ex-tumor (bueno, un fragmento muy pequeñito del mismo) ha vuelto de sus vacaciones en Florida tan moreno y relajado que ha resultado ser de poca tendencia a reproducirse en un futuro, qué esfuerzo, qué pereza. Así que parece que voy a poder conservar las cejas y otras pilosidades. Me libro de la quimioterapia, señora. Parece que los genes perversos que heredé de Santa Madre a fin de cuentas no han sido tan perversos, y que me ha tocado el Rolls-Royce de los cánceres de mama. Hombre Químico ha coronado la buena noticia diciéndome que toda esa sangre que ha pedido que me saquen para todos esos análisis que me ha hecho estas dos semanas pasadas prueban que tengo el cuerpo de una veinteañera. De una veinteañera cansada, aclaro. Creo que Hombre Químico se refiere más a mi conteo sanguíneo que a mis muslos, pero en cualquier caso a mis treinta y nueve sienta bien tener algo de veinteañera. Lo que sea.

Mentsch Surgeon parecía muy contento de poder darme buenas noticias, por mi parte le he dicho que no se lo tome a mal, que me parece encantador, pero cuanto menos lo vea en lo sucesivo, mejor. Él ha sonreído y ha dicho que en tres meses, con galletas, es una orden. Y me ha dejado con Hombre Químico y Radio Chica (que se ha unido al festejo). Entre los dos han empezado a hablarme de la radioterapia, y de la hormonoterapia, y he tenido que pedirles un momento, porque han empezado a bombardearme de información y yo aún andaba digiriendo la noticia. Digamos que estaba preparada para lo peor (cinco meses más de quimio y horrores varios), y resignada a hacer lo necesario para sacarme esta mierda de encima, pero que si me dan a elegir entre cinco meses de calvario y seis semanas de radioterapia, como máximo, prefiero la segunda opción, claro está. Y si me dan a elegir entre la radio y una patada en la boca -siendo la patada terapéutica y ofreciendo las mismas posibilidades de curación-, uhm, creo que hubiera elegido la patada. Al menos se termina rápido. El caso es que empiezo a ver la luz al final del túnel, señora, y no, no es que me muera (no ahora mismo, un día, seguro que sí), es que este episodio toca a su fin. Y empezaremos nueva temporada, con nuevo guionista. Tengo unas ganas locas. Y tengo una suerte flipante.

Así que he pedido un momento, y les he dicho que me costaba contenerme para no hacer una happy dance en la misma consulta. "Pues no se corte", ha dicho muy sonriente Hombre Químico. Y no me he cortado. He dicho "Yesssssss", haciendo lentamente círculos con los puños cerrados y girando las caderas. Tras lo cual he vuelto a sentarme en la camilla, modosita. Y me han explicado lo del tamoxifeno y sus efectos secundarios posibles; cómo voy a engordar, y a perder las reglas con el riesgo consiguiente de embarazo no deseado por falta de precaución, y a tener un bajón de líbido, y a tener cambios bruscos de humor y volverme una perra generalizada. Les he dicho que no hay problema, que los efectos secundarios parecen ser un problema sobre todo para Monsieur M., que como se ha casado conmigo, está atrapado cual rata en un cepo. Los dos médicos parecían un poco perplejos. Radio Chica me ha contado cómo van a churruscarme en el programa popcorn de un enorme microondas radioactivo, y cómo me va a dar la impresión de estar pasando el verano en Fukushima. "¡Venga p'alante!" le he respondido, entusiasta. (En realidad he dicho "Bring it on!", que es lo mismo). Estaba tan contenta y aliviada que si me hubieran dicho que además de recibir una patada en la boca tendré que leerme todos los libros escritos por Paulo Coelho, hubiera accedido sin rechistar. Bueno, igual a lo de los libros de Coelho no, pero a la patada sí.

Esto ya no va a durar mucho, señora. Ya le digo, veo la luz. Creo que es la del baño, he debido olvidarla encendida.

Ahora en serio: la cantidad (y la calidad) de personas que se han alegrado sinceramente conmigo es bastante maravillosa .  No sólo tengo la mejor clase de tumor posible, también tengo la mejor clase de amigos.

Abrazos y besos jubilosos.

viernes, 20 de mayo de 2011

Simpleza voluntaria o the beauty of downsizing


Uf, esto es terrible, desde que recuperé mi brazo derecho (no, no se me había perdido, sólo me dolía mucho) me digo que tengo que ponerme a postear, y a responder a todos vuestros comentarios atrasados, porque aunque suene a falso, lo cierto es que veo lo de escribir un blog como un diálogo, aunque sea en diferido, entre los lectores y la que suscribe. Nunca me ha gustado hablar sola. Y bueno, con todo el apoyo que me estáis dando desde que empezó la merde,  tendría como mínimo que poneros a todos un piso en la Gran Vía y mandaros un cheque.  Pero soy pobre (mucho), no me llega ni para poneros un saco de dormir en la acampada de indignados, necesito el poco dinero que me queda para pagarme mis tubos de Voltarén y mi chocolate, y esto de tener cáncer es un curro a tiempo completo.  Nunca he visto ni he sido vista por tantos médicos en mi vida. Y cuando vuelvo a casa, no me queda carburante escritor. Espero que esto pase y me ponga al día. Entretanto, y como sé que todos llevamos dentro una comadre, por una vez hago una excepción, me doy al bajo exhibicionismo que caracteriza la vida en la Red y os regalo un pedacito de intimidad: una foto mía. Esto lo he aprendido de Telecinco: si andas a falta de contenido, dales cotilleo. De todas maneras, ya sabéis mucho más de mí de lo que es prudente o de buen gusto.

Los que nunca me habíais visto la faz, no vayáis a escribirme comentarios tocahuevos del estilo "eres mucho más horrenda-gorda-morena-orejona de lo que me imaginaba". En lo tocante a las caras y cuerpos ajenos la imaginación siempre supera a la realidad, y un escritor, así como un buen locutor de radio, no debería mostrar jamás fotos suyas al público. Mi Santa Madre tampoco me imaginaba así, pero el día del parto la pobre tuvo que conformarse con lo que le tocó.

No, esta foto no anuncia la quimio, mi tumor aún no ha vuelto de sus vacaciones en Florida. Creo que a las chicas de la Fundación quebequesa del cáncer de mama les parecerá bien este gesto solidario, porque mi lustrosa melena :-) les jodía bastante (cito textualmente). Aunque las posibilidades de que me sacudan una quimio son bastante escasas, en lo que respecta al pelo he decidido que prefiero despedirlo antes de que dimita.

Todo cambia con el tiempo, yo también. Ya lo cantaba Bowie: "Changes: turn, and face the strain."

PD: (Los gobiernos también pueden cambiar. No les votéis. Yo no lo haré.)

lunes, 9 de mayo de 2011

Diez razones para el júbilo

A todos los que me leéis exclusivamente por los toquecillos de ironía o por mis recetas, hoy no estáis de suerte. Leed otra cosa, el periódico, abrid vuestra página de Facebook, abrid un libro, aprovechad para poneros al día con un capítulo de "Mad Men".

A los demás, guardaos el cinismo en el fondo del cajón del escritorio antes de leer esto, es una orden. A continuación, dadle al "Play" de este vídeo antes de continuar leyendo, es otra orden. Si no os gusta recibir órdenes, no sé qué diablos hacéis leyendo esto, leeros el Marca, o lo que sea. Si os parece que hoy me he puesto hortera y sentimental, me chupa un pie y los ganglios linfáticos que me quedan.


Diez razones para el júbilo inmediato hoy, lunes, un soleado 9 de mayo en Montreal:

1. Al fin es primavera en Quebec, maldita sea. Es oficial, el lilo del parterre está brotando hojas (y atisbos de flores) como loco. En general, todos los arces de mi calle andan expeliendo verde como locos.

2. Doña Marmota ha vuelto. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido excavarse otra madriguera a pesar de que los obreros que cambiaron la escalera de casa rellenaron la anterior con cemento. Teniendo en cuenta de que eso quiere decir que la mitad del parterre va a estar hueca dentro de poco, llena de galerías subterráneas, se supone que en mi calidad de copropietaria de la barraca montrealesa debería preocuparme. Pero cuando he visto la boca del túnel abierta casi en el mismo sitio de siempre, como cada primavera, he sonreído. Y ni siquiera sigo consumiendo morfina.

3. Hace un sol glorioso que permite tomar un té y leer el capítulo de novela correspondiente sentada en el balancín del patio junto a Alfonso.

4. Mis galletas de avena y cranberries (receta dentro de poco en sus pantallas, en el Sirope). Acompañan estupendamente al sol, la novela, el balancín, el té y a Alfonso.

5. Bach. Acompaña maravillosamente casi todo en esta vida, incluyendo este post y lo ya mencionado.

6. Los brotecillos de mis semilleros. Pese a que Julieta se sienta abundantemente encima, estas plantitas parecen llenas de determinación para mantenerse vivas. Me recuerdan a alguien. Bueno, me recuerdan a bastante gente que conozco.

7. Monsieur M. y su habilidad para levantarse, duchar y desplazar su nórdico corpachón, desayunar y salir , todo ello sin hacer ningún ruido, y permitirme así seguir aplicando mi tratamiento preferido, según la señora Hernández: la marmoterapia.

8. Las novelas cutres y entretenidísimas de Charlaine Harris, excelentes en el balancín... ya sabéis.

9. El último retoño de la inmensa camada de niños de mi vecina, que a pesar de tener un patio trasero e incontables hermanos y hermanas con los que jugar, se pasa la vida en el porche delantero, mirando fascinado mis idas y venidas del súper, del hospital, con un par de inmensos ojos color chocolate y un dedo en la boca. Y que se niega furiosamente a saludarme cuando agito la mano. Su madre lo reprende cuando anda cerca, pero a mí esa pertinacia hace que el enano me caiga fenomenal.

10. Ya puedo levantar el brazo derecho a 180 grados, prácticamente sin dolor (apenas una tirantez molesta, y un resto de esa cuerda que da bastante grima). Me ha costado mis tirones, e innumerables repeticiones de ejercicios y rechinar de dientes, pero ha funcionado.


Mañana veo a Mentsch Surgeon y me cuenta lo que me espera (quimio sí, quimio no, etc., etc.). No sé si en mi caso es realmente una razón para el júbilo, pero en el suyo probablemente sí. Le llevo galletas.

viernes, 6 de mayo de 2011

Drugstore Cowgirl

Paciente Impaciente sale del hospital de una de las numerosas citas médicas que iluminan sus días y entra a una farmacia de la cadena Jean Coutu. Las farmacias en Canadá siguen el modelo del drugstore americano: son supermercados enormes en los que se encuentra desde helado hasta anticogelante, pasando por las consabidas aspirinas y cosméticos y un surtido impresionante de chocolates y patatas fritas (substancias terapéuticas donde las haya). También tienen un mostrador y un farmacéutico al que hay que pedirle los medicamentos que requieren receta médica, pero la diferencia con las farmacias españolas es que uno no se ve obligado a pedirle en voz alta delante de un par de abuelas con mirada censuradora los condones a sabor de frutas, con espermicida y rugosidades picaronas. Paciente Impaciente recuerda a un buen amigo que en sus años mozos el pobre lo pasaba tan mal que a menudo entraba a por condones y salía con un cepillo de dientes extraduro. 

Paciente Impaciente se pasea lentamente por los pasillos de la farmacia y se compra:

1. Dos paquetes de tres bragas cada uno (talla pequeña, corte biquini, breve plegaria para que aún entre en ellas), 95% de algodón, 5% de elastán, de colores rosa fucsia, azul eléctrico y negro. Las bragas rosas para las citas con el oncólogo, piensa, por lo simbólico y por darles un toque optimista, las azules para la radioterapia (por lo eléctricas) y las negras, tan sobrias ellas, tan zen, para las clases de yoga. No se compra los sujetadores que van a juego porque en estos últimos tiempos ella sólo se muestra en público en topless. En un momento de delirio, Paciente Impaciente se sorprende imaginando bragas con mensajes impresos en la zona púbica. Si bien es cierto que en el trasero ella dispone de espacio publicitario abundante, en oncología mamaria los camisones del hospital se atan por delante, por lo que el espacio púbico (público) impondría brevedad y síntesis: "Soy una persona". "Tengo un CI de 156". "No vote conservador". O "Tonto el que lo lea", por poner algunos ejemplos. Paciente Impaciente imagina durante un momento mensajes comerciales, y le parece bastante turbador ("Beba Coca-Cola"). 

2. Un paquete de trufas Godiva (también de talla pequeña) y uno de pretzels Snyder's recubiertos de chocolate negro (talla grande, gran descubrimiento). Momento de duda culpable sobre la talla correcta de las bragas.

3. Un aparato de vibromasaje "Vibragel" inalámbrico y recargable, de forma un tanto ambigüa. Según lo que dice la caja, es perfecto para relajar los músculos cervicales y los trapecios tensos. A Paciente Impaciente le parece poco ergonómico para aliviar cualquier otro tipo de tensiones, pero cada uno se entretiene como quiere.

4. El último número de la revista "Better Homes & Gardens", especial huertos orgánicos, en el que se explica con detalle cómo eliminar parásitos de las tomateras sin utilizar pesticidas químicos.

5. Un tubo de crema Voltarén de 150 gramos.

En la caja Paciente Impaciente observa al joven e imberbe cajero de la farmacia mientras éste mete su compra en una bolsa, y le da por pensar en la imagen que proyectan sus adquisiciones: el señor que espera detrás de ella en la cola las mira con cierto interés, probablemente pensando que ella claramente no tiene ninguna vida sexual, como lo prueban la ropa interior anodina que usa y el hecho de que practique la jardinería como pasatiempo antes de los setenta años, que compensa la falta de sexo con una ingestión desmedida de chocolate y que padece de una tendinitis debida a una práctica excesiva de la autosatisfacción, que en lo sucesivo ejercerá con aparatos eléctricos. Paciente Impaciente siente un  poco de calor en la cara y considera volverse hacia el señor de la cola y explicarle que ella vive felizmente en pareja, que tiene un cáncer de mama cuya convalecencia le ha dejado una cuerda de guitarra en el brazo y los músculos de los hombros y los omoplatos hechos un nudo marinero, y que siente un amor desatado por el chocolate y las verduras cultivadas en casa. Lo piensa mejor, se calla, paga y sale de la farmacia comiendo una trufa.

miércoles, 6 de abril de 2011

Pon la lima en el coco


Este año, concretamente el 12 de abril, es el 50 aniversario del vuelo del primer cosmonauta Yuri Gagarin, el primer ser humano que viajó al espacio. Alguien a quien quiero mucho me ha recomendado que mañana cuando entre en el quirófano piense en el miedo que debía de tener Yuri cuando embarcó en la Vostok 1, sin saber a ciencia cierta si iba a poder volver a la Tierra. En comparación, mi operación es pan comido, ni siquiera es terreno inexplorado. Ese alguien también me ha sugerido que ponga la lima en el coco. (Es difícil de explicar, pero a mí siempre me ayuda bastante :-).

Sigo leyendo correos y pensando que soy bastante millonaria, al menos en gente a la que le importo. Un buen amigo me ha enviado música yiddish para que entre al quirófano a ritmo klezmer, muy apropiado para la ocasión. La señora Hernández me anuncia que un paquete postoperatorio está surcando el océano rumbo a la barraca montrealesa, y me confirma que el tecnecio 99 que me van a inyectar va a proporcionarme superpoderes. Un tanto inútiles, pero superpoderes, al fin y al cabo. Otro amigo, éste anestesista de profesión, ha intentado calmar mis nervios de manera estadística, oliéndose que a la cartesiana que llevo dentro unas cifras no le vendrían mal, afirmando que una mujer joven y sana (gracias, cher ;-D) como yo corre menos riesgos en quirófano que en la calle en una ciudad media. Así que voy a intentar que no me atropelle un taxi cuando vaya ahora al hospital a que me chuten el contraste radioactivo. A ese amigo le prometo que en su honor, voy a hacer algo que no suelo hacer nunca: dormirme en los brazos de un hombre mientras pienso en otro :-). Sólo por esta vez.

martes, 1 de marzo de 2011

Cartas a la señora Hernández (V): Esta casa es una ruina

"- Ahh, home, crap home!"

***

"Walter: - What has Max got that I haven't got?
Anna: - Walls."


***

"Walter: - Do you know how hard it is to find a really good carpenter? Besides, I think he's got a brother who's a plumber!
Anna:
- Really? A brother who's a plumber?
Walter: - I think so.
Anna: - Do you think I should sleep with him?
Walter: - Maybe just this once."


***

"Walter: - No pretendo decirle cómo tiene que hacer su trabajo, pero ni siquiera ha echado un vistazo a las tuberías.
Fontanero: - Les eché un vistazo hace tres años. ¿Cree que con el tiempo han mejorado?"

(De "Esta casa es una ruina")

*********************



Excelsa señora Hernández:

Le resumo esta primera mañana de marzo: estamos a once bajo cero (y curiosamente, en las tiendas de ropa de Montreal no se ven más que pareos y biquinis), Jules, el obrero más dicharachero de Montreal (uhm... no, ése no es el adjetivo más apropiado) me ha sacado de la cama a grandes timbrazos, se ha reído de mi pijama, de mis ojos hinchados, de mis zapatillas de estar por casa, de mis pelos y, en fin, de mi persona en general, ha criticado mi café aromatizado a la vainilla, ha molido y preparado una cafetera con el café de monsieur M. (tiene permiso) y café en ristre se ha ido a dar trompazos en algún punto de esta barraca en ruinas. Como en los viejos tiempos: yo, sufriendo (antes, la tesina, ahora, el cáncer) y el Jules demoliendo. *Suspiro*.

Así que ya ve, de nuevo vivo el ménage à trois tradicional en esta casa: monsieur M., yo y un operario (nuestro Jules). Sólo que entre semana monsieur M. está mayormente ausente (y lo estará hasta que me operen), ya que anda construyendo líneas eléctricas allí donde desovan los salmones. No me puedo quejar de soledad, señora: es extremadamente difícil sentirse sola cuando un tipo anda derribando el techo de la cocina a mazazo limpio.

Usted se preguntará por qué demonios estamos -de nuevo- haciendo obras en el palacete montrealés, probablemente se dirá que igual no es el mejor momento, dado mi cáncer, mi paro, el clima boreal en el que vivimos, la crisis, la conjunción planetaria y la situación en Oriente Medio, por mencionar algunos de los factores que indican que tendríamos que esperar. Pues bien, le cuento: todo empezó con una grieta sospechosa -todas las grietas son sospechosas en esta barraca- en el techo de la cocina, exactamente encima de la puerta que da al cuarto de baño. La grieta empezó a extenderse paulatinamente, pero bueno, en esta casa estamos muy acostumbrados a ver signos de decrepitud sin alarmarnos excesivamente. Cuando hace un par de semanas la grieta pasó del singular al plural, y una enorme mancha de humedad empezó a acompañarla, monsieur M. empezó a mostrarse intranquilo. Yo, presintiendo lo que se avecinaba, me apresuré a hacer lo más lógico dadas las circunstancias: galletas de nueces de Macadamia y chocolate blanco. Porque es verdad que soy optimista, señora, y que "pollyannizo" prácticamente todas las situaciones que me caen encima -nunca mejor dicho- y tiendo siempre a ver el lado bueno de las cosas, y a pensar que podría ser peor. Pero no es obligatorio que sea peor todo el tiempo. Jolín.

Tengo que decir que en esta cabaña montrealesa no somos fanáticos de las reformas, a pesar de que podamos dar esa impresión. Es más: me atrevería a decir que las reformas rara vez las decidimos nosotros, se deciden ellas solas (como la vez en la que el techo del cuarto de baño, la porción de encima de la bañera, se le cayó literalmente encima a monsieur M. mientras tomaba una ducha, la misma mañana en la que salíamos rumbo al aeropuerto, de camino a España y a unas merecidas vacaciones).

Por eso, cuando hace unos días monsieur M. tocó el techo de la cocina con la mano y constató que el techo era blando, dijo esas tres palabras cargadas de presagios de caos y polvareda: "Llama al Jules." En esta casa esas palabras son casi el equivalente de "llama a los cuatro jinetes del Apocalipsis". 

Porque mi irreductible hombretón quebequés sólo teme una cosa: que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas.

Beso, señora.

Arantza

PD: (Ayer hice mi primer intento de gofres de Lieja. Un desastre. Quizá le sirvan al Jules como masilla para tapar agujeros.)

PD2: (Sigo esperando noticias del hospital. En un momento de nociva ociosidad, me puse a investigar los plazos de espera para cirugías en Montreal y sus consecuencias sobre la tasa de recuperación. Ahí fue cuando paré de googlear e intenté los gofres de Lieja y ante el fracaso, hice unas Chocolate Cherry Coma Cookies, de las cuales me comí cuatro de una sentada, para calmarme.)

PD3: (Estoy inmensamente contenta de que pasara la ITT -Inspección Técnica de la Teta- y todo le diera bien, señora. Hurras y vivas y yupis.)

PD4: (Ahora cada vez que voy a hacer pis tengo que ponerme un casco de Hydro-Québec, por si las moscas.)

PD5, última hora: (Acaban de llamarme del hospital para informarme de que Oncólogo Competente, mi nuevo y flamante cirujano, está de vacaciones. Y que por eso tardan en llamarme. Ah. Vale. Mire, señora, entiendo que los cirujanos tienen derecho a descansar, como todo el mundo, pero si me hubieran avisado antes no habría rechazado las amables invitaciones de mis amigos que viven en el campo, y habría podido irme de vacaciones yo también. En lugar de estar sentada frente a la chimenea en Saint-Vallier, tomando un chocolate, estoy plantada aquí en Montreal, oyendo jurar -"Putain!" a mi operario bretón y narizón.)