- "[...] Since you've been such an inspiration for people around... Wow, man! You just ran into a big pile of dogshit!"
- "It happens."
- "What? Shit?"
- "Sometimes."
("Forrest Gump")
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miércoles, 10 de agosto de 2011

¿Fin?


Paciente Impaciente se levanta, se ducha, desayuna, se viste y sólo el esfuerzo de estas cuatro actividades le hace sentirse como si hubiera hecho una hora de jogging. Sale a la calle. La tormenta y la lluvia torrencial de la noche pasada han lavado las aceras. Hace calor. Uno de esos días deslumbrantes de agosto, con los contornos de las cosas recortados contra el cielo azulísimo de manera casi dolorosamente nítida, una temperatura de pleno verano y las cigarras que cantan ensordecedoras en los árboles del barrio. No obstante, se adivina un fondo de aire fresco que indica de manera inequívoca que el verano de Quebec toca a su fin en un par de semanas.

Paciente Impaciente toma el metro, lee su novela durante el trayecto, camina las dos manzanas que la separan del hospital, entra en el ala de medicina nuclear y escanea su tarjeta de paciente provista de un código de barras. Saluda a la recepcionista (que la llama por su nombre), a dos enfermeras (que la reconocen y le sonríen) y se va al vestuario. Coge un camisón azul de hospital de la estantería llena de camisones limpios, entra en una cabina, se quita la blusa (el sujetador hace semanas que ha entrado en la categoría de prendas imposibles de llevar) pero conserva la falda, se pone el camisón, ata las cintas a su espalda con destreza producto de la práctica y entra a la salita de espera. Saluda a las tres mujeres y a los dos hombres que esperan todos los días a la misma hora que ella, y comentan el tiempo de espera de hoy. No está mal: Paciente Impaciente escucha su nombre al de un cuarto de hora, apenas un capítulo de novela. Saluda a la radióloga por su nombre de pila, comentan el calor y la tormenta de anoche, entra en la sala de tratamiento. Se desata el camisón sin esperar a que se lo pidan, se acuesta en la camilla y coloca ella misma los brazos en los estribos. Los técnicos la colocan en menos de cinco minutos, haciendo bromas sobre lo profesional que es Paciente Impaciente a estas alturas. Paciente Impaciente responde con sus bromas habituales ("Chicos, podéis iros a tomar un café, dejadme el mando a distancia y ya me encargo yo sola.")  Una vez colocada y medida, le colocan encima del pecho la lámina de gel protector que absorbe una parte de las radiaciones y la dejan sola en la sala. La máquina emite un pitido durante unos minutos, durante los cuales Paciente Impaciente se mantiene muy quietecita e intenta no llenarse por completo los pulmones tomando pequeñas respiraciones, para evitar lo más posible cualquier movimiento pronunciado de la caja torácica, tal y como le enseñaron el primer día. Los radiólogos entran de nuevo en la sala, le quitan la lámina protectora, le tienden el camisón, Paciente Impaciente se lo pone, les saluda, se intercambian unos apretones de manos, sale, saluda a los demás pacientes, más apretones de manos, algunos besos, entra de nuevo en la cabina del vestuario, se unta el pecho a conciencia con crema, se pone la blusa, se atusa el pelo y sale. Por el camino lanza el camisón en la cesta de la ropa sucia. Saluda a la recepcionista, le hace un par de preguntas, anota un par de citas en su agenda, y se despide.

Paciente Impaciente sale por la puerta principal del hospital, sorteando pacientes en sillas de ruedas y familias preocupadas hablando por teléfono. Frunce los ojos ante el sol brillante de agosto. Se detiene un momento para buscar las gafas de sol en el bolso, se las pone, respira, sonríe de oreja a oreja y echa a andar hacia el metro sin mirar atrás, el corazón ligero y los pies de plomo. Todo ello por última vez.

Sube lentamente por la calle Côte-des-Neiges, se cruza con un par de mujeres vestidas en saris brillantes que empujan sendas sillas de bebé. Un grupo de adolescentes provistas de toallas espera ruidosamente al autobús que les llevará a la piscina. Mientras camina, organiza un poco el principio del resto de su vida. No demasiado, siempre hay que dejar algo para la improvisación. Y las sorpresas.

miércoles, 22 de junio de 2011

Cartas a la señora Hernández (IX): La luz al final del túnel

Majestuosa señora Hernández:

Hoy fui a ver a la Oncopatrulla X (The Sequel). A Quimio-Oncólogo lo he rebautizado el Hombre Químico, que suena más a superhéroe con leotardos. Mentsch Surgeon y el Hombre Químico me han hablado así, al alimón, y me han contado que mi ex-tumor (bueno, un fragmento muy pequeñito del mismo) ha vuelto de sus vacaciones en Florida tan moreno y relajado que ha resultado ser de poca tendencia a reproducirse en un futuro, qué esfuerzo, qué pereza. Así que parece que voy a poder conservar las cejas y otras pilosidades. Me libro de la quimioterapia, señora. Parece que los genes perversos que heredé de Santa Madre a fin de cuentas no han sido tan perversos, y que me ha tocado el Rolls-Royce de los cánceres de mama. Hombre Químico ha coronado la buena noticia diciéndome que toda esa sangre que ha pedido que me saquen para todos esos análisis que me ha hecho estas dos semanas pasadas prueban que tengo el cuerpo de una veinteañera. De una veinteañera cansada, aclaro. Creo que Hombre Químico se refiere más a mi conteo sanguíneo que a mis muslos, pero en cualquier caso a mis treinta y nueve sienta bien tener algo de veinteañera. Lo que sea.

Mentsch Surgeon parecía muy contento de poder darme buenas noticias, por mi parte le he dicho que no se lo tome a mal, que me parece encantador, pero cuanto menos lo vea en lo sucesivo, mejor. Él ha sonreído y ha dicho que en tres meses, con galletas, es una orden. Y me ha dejado con Hombre Químico y Radio Chica (que se ha unido al festejo). Entre los dos han empezado a hablarme de la radioterapia, y de la hormonoterapia, y he tenido que pedirles un momento, porque han empezado a bombardearme de información y yo aún andaba digiriendo la noticia. Digamos que estaba preparada para lo peor (cinco meses más de quimio y horrores varios), y resignada a hacer lo necesario para sacarme esta mierda de encima, pero que si me dan a elegir entre cinco meses de calvario y seis semanas de radioterapia, como máximo, prefiero la segunda opción, claro está. Y si me dan a elegir entre la radio y una patada en la boca -siendo la patada terapéutica y ofreciendo las mismas posibilidades de curación-, uhm, creo que hubiera elegido la patada. Al menos se termina rápido. El caso es que empiezo a ver la luz al final del túnel, señora, y no, no es que me muera (no ahora mismo, un día, seguro que sí), es que este episodio toca a su fin. Y empezaremos nueva temporada, con nuevo guionista. Tengo unas ganas locas. Y tengo una suerte flipante.

Así que he pedido un momento, y les he dicho que me costaba contenerme para no hacer una happy dance en la misma consulta. "Pues no se corte", ha dicho muy sonriente Hombre Químico. Y no me he cortado. He dicho "Yesssssss", haciendo lentamente círculos con los puños cerrados y girando las caderas. Tras lo cual he vuelto a sentarme en la camilla, modosita. Y me han explicado lo del tamoxifeno y sus efectos secundarios posibles; cómo voy a engordar, y a perder las reglas con el riesgo consiguiente de embarazo no deseado por falta de precaución, y a tener un bajón de líbido, y a tener cambios bruscos de humor y volverme una perra generalizada. Les he dicho que no hay problema, que los efectos secundarios parecen ser un problema sobre todo para Monsieur M., que como se ha casado conmigo, está atrapado cual rata en un cepo. Los dos médicos parecían un poco perplejos. Radio Chica me ha contado cómo van a churruscarme en el programa popcorn de un enorme microondas radioactivo, y cómo me va a dar la impresión de estar pasando el verano en Fukushima. "¡Venga p'alante!" le he respondido, entusiasta. (En realidad he dicho "Bring it on!", que es lo mismo). Estaba tan contenta y aliviada que si me hubieran dicho que además de recibir una patada en la boca tendré que leerme todos los libros escritos por Paulo Coelho, hubiera accedido sin rechistar. Bueno, igual a lo de los libros de Coelho no, pero a la patada sí.

Esto ya no va a durar mucho, señora. Ya le digo, veo la luz. Creo que es la del baño, he debido olvidarla encendida.

Ahora en serio: la cantidad (y la calidad) de personas que se han alegrado sinceramente conmigo es bastante maravillosa .  No sólo tengo la mejor clase de tumor posible, también tengo la mejor clase de amigos.

Abrazos y besos jubilosos.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Have tumor, will travel


-"Chère Madame Toquero..."  llama suavemente Mentsch Surgeon, asomando sonriente por detrás de mi silla en la sala de espera y poniendo muy ligeramente la mano en mi hombro, para luego hacer un gesto invitándome a pasar a su despacho. Mentsch Surgeon es así, le gustan esos toques de clase como salir él mismo a la sala de espera a buscar a sus pacientes, en lugar de mandar a una enfermera que vocifere mi nombre con una pronunciación tan deformada que rara vez lo reconozco. Mentsch Surgeon incluso se molesta en pronunciarlo cuidadosamente, en su primera consulta me hizo repetirlo varias veces y lo practicó hasta dominarlo. Sospecho que hasta se lo anotó en alfabeto fonético en una esquina de mi historial, bendito sea.

Este hombre también sabe dosificar con un tiento inigualable lo personal (como ese "chère" -"querida"-) y lo formal (el "madame"). El arte de tratar rigurosamente de usted al interlocutor y que no sólo no suene frío, sino que resulte cálido y amistoso, un arte casi perdido que ya casi nadie conoce, salvo contados caballeros como el profesor Lesage y este muy humano cirujano y oncólogo. (A los amigos médicos que leen esto -y hay unos cuantos-, algo que puede refrescarles esos lejanos cursos de etiqueta en la atención primaria al paciente: un par de gestos minúsculos dicen montones de cosas de un médico.)

Mentsch Surgeon saluda, Paciente Impaciente le presenta a los refuerzos (hoy viene escoltada por monsieur M.), se intercambian apretones de manos y el doc indica el acostumbrado camisón de hospital. Otro de esos detalles llenos de tacto que lo caracterizan: sale del despacho. La mayoría de médicos ante los que he tenido que desfilar en topless durante el último año me dejaban como mucho un momento de intimidad detrás de un biombo para desvestirme. Algunos (normalmente los más cretinos) ni siquiera eso: se limitaban a seguir hablando y hablando. El hecho de desnudarme delante de un  desconocido no es algo que en sí mismo atente particularmente contra mi sentido del pudor. Mi sentido del pudor curiosamente no tiene mucho que ver con la desnudez, hay cosas que lo irritan mucho más. Pero algo en el gesto de mostrarse sin ropa ante una persona que uno no ha elegido lo vuelve bastante vulnerable, cuando no lo humilla directamente.

Curioso, lo de la ropa. Sea la que sea, unos vaqueros viejos o un traje de Armani, parece ser lo que nos confiere una gran parte de nuestra humanidad. Sin ella, no somos más que tristes mamíferos pelones y rosaditos. Tiene más que ver con la dignidad que con la decencia, al menos en mi forma de verla. Mentsch Surgeon parece ser consciente de estas cosas, y da un momento más que suficiente para que una se arregle el camisón y se siente en la camilla, y luego llama a la puerta de su propio despacho y espera a que le diga que entre. Innecesario, dirán los más ibéricos de los lectores, sobre todo porque en breves momentos va a palparme los pechos con desenvoltura profesional. Respetuoso, digo yo. Y eso crea toda una diferencia.

************************

Cuando el doc entra, examina a Paciente Impaciente y se declara encantado de la cicatrización y de cómo ha recuperado la movilidad del brazo. Encantado, especialmente porque la paciente anterior a ella, una mujer joven en plena quimioterapia, ha salido de su consulta apoyándose pesadamente en su marido, que lloraba sin intentar ocultarlo. Paciente Impaciente sospecha que Mentsch Surgeon se deja los casos con pronóstico más optimista para el final de la jornada, por la cosa de irse a casa y no tener que beberse dos botellas de brandy, supone. Y lo entiende perfectamente. Y le encanta ser un caso con pronóstico optimista. Tras cerrarse el camisón y contar a Mentsch Surgeon que el yoga combinado con la fisioterapia ha hecho maravillas con su cuerda de guitarra linfática, Paciente Impaciente señala con un gesto la bolsa de papel azul que ha dejado encima de la mesa.

-"Sus honorarios, doc. Mis míticas galletas de cranberries y avena, y una docena de Chocolate Cherry Coma Cookies."

Mentsch Surgeon: -"Oh! Goodie!" (Él es así, mezcla nerdismos monumentales con expresiones como de chaval de diez años.) -"Estupendo, aún no había tenido tiempo de comer. Gracias."

Monsieur M., que hasta ahora estaba sentado modosito y silencioso en una silla para los acompañantes, no puede reprimirse y suelta: -"Si no le gustan, o es usted alérgico, yo puedo hacer un sacrificio y llevármelas al trabajo."

Mentsch Surgeon suelta una risilla: -"Ni lo piense." A continuación se sienta, nos mira y se pone serio. -"Ahora hablemos de lo que le espera."

Paciente Impaciente: -"¿Próximo capítulo... radioterapia?"

Mentsch Surgeon: -"Sí, eso seguro. El tejido que rodeaba al tumor ha dado negativo, pero la radioterapia va a ser necesaria."

Paciente Impaciente, respirando hondo: -"¿Y la quimio? ¿Empiezo a mirar pelucas?"

Mentsch Surgeon: -"Si tuviera usted ochenta años, le diría que no. Pero a su edad, estoy seguro de que los tres queremos que pueda vivir los próximos 45 o 50 años de su vida sin tener otro cáncer." Monsieur M. y Paciente Impaciente asienten. Pausa.   -"Por otra parte, ya sabe que la quimioterapia no es exactamente un paseo por el parque, y que los efectos secundarios a largo plazo tampoco son algo muy deseable. No me apetece sacudirle a usted una si no le ofrece ventajas apreciables, e... ¿imagino que usted está de acuerdo?" Nuevo asentimiento. Nueva pausa. -"Lo que le propongo es que antes de tomar una decisión enviemos una muestra de su tumor a analizar más exhaustivamente. Estos análisis son experimentales, pero han demostrado resultados muy válidos en cuanto al poder de predicción de nuevas recaídas, de la proliferación y de índices de agresividad del cáncer que hasta ahora no eran mensurables. Aún no se hacen en Canadá. Tendremos que mandar la muestra de tejido primero a Boston, y luego a Florida."

Una parte absurda del cerebro de Paciente Impaciente le trae de golpe a la memoria "Tú a Boston y yo a California". Otra se preocupa súbitamente de lo que el doc va a decir a continuación, de que sea algo así como: "Estas pruebas experimentales cuestan la friolera de..."

Mentsch Surgeon: -"Estas pruebas experimentales están cubiertas por la sanidad pública canadiense." Monsieur M. y yo respiramos al unísono, aliviados. Cirujano Humano sigue: -"Pero como la muestra de tejido tumoral se encuentra en el primer hospital en el que la operaron a usted, va a haber un poco de papeleo para que la transfieran."

Paciente Impaciente: -"Creía que ya la habían enviado aquí para que le echara usted un vistazo."

Mentsch Surgeon: -"Así es.  Pero cuando terminamos, tuvimos que mandarla de vuelta. Puede parecerle extraño, pero los patólogos son curiosamente posesivos con sus muestras." Sonrisa divertida.

Paciente Impaciente no puede aguantarse la inconveniencia: -"Uhm, técnicamente, la muestra es mía. Yo soy la madre de la criatura."

Mentsch Surgeon, aguantándose un poco la risa: -"Y tiene usted razón. De hecho, va a tener que firmarme dos formularios de autorización antes de irse." Agita un par de hojas en la mano y me las tiende, junto con un bolígrafo.

Paciente Impaciente: -"Me parece curioso, todo lo que se pasea este pedacito de mi persona. Y ahora Boston, Florida... viaja más que yo." Meditabunda, firma los impresos: -"Have tumor, will travel."

domingo, 24 de abril de 2011

Cartas a la señora Hernández (VIII): relámpagos y milhojas

Epatante señora Hernández:

No sólo le contesto el correo, sino que le diré que ahora me permito un texto largo al día y el de hoy se lo consagro a usted (me gusta utilizar verbos de temporada, y "consagrar" le va muy bien a la Semana Santa). Tengo que andar con cuidado y no escribir mucho, porque el teclear y utilizar el ratón me hace mover todos esos tendoncillos y músculos que tanto me torturan últimamente. De ahí este racionamiento textual. Por una vez en mi vida, tengo que ser más lectora que escritora, cosa que no me viene nada mal.

Comienzo por lo más plastoso, el parte médico: como le conté, parece que en estas dos semanas he desarrollado un efecto secundario no demasiado habitual de la biopsia del ganglio centinela, la trombosis linfática ligera. Sé que la palabra "trombosis" da muy mal rollo (en mi lista de palabras que dan mal rollo, anda en cabeza, junto con "cardenal" -en ambas acepciones-, "parásito" -y sus derivados-, "fascismo" y "alternativo", ésta última ha sido incorporada en los últimos tiempos, por saturación de sugerencias curativas).

No la aburriré con los detalles, que para eso tiene usted una familia entera de galenos; parece que cuando Mentsch Surgeon (Cirujano Humano) me extrajo dos ganglios para analizarlos, los vasos linfáticos afectados por la desaparición de los ganglios se me pusieron a cicatrizar de una manera un poco rara. Y dejaron como residuo una especia de cuerda que da mucha grima, porque la primera vez que se manifiesta es talmente como si un nuevo tendón hubiera hecho su aparición en el brazo, recorriéndolo de la axila a la muñeca (¿ha visto "Alien"?). Esta especie de cuerda duele en sí misma, y si a todo ello le añadimos que el doc tuvo que toquetearme muy ligeramente los alrededores del nervio vago, irritándolo hasta lo indecible, el resultado es que el brazo entero duele que te rilas. El dolor tiene un toque agudo y eléctrico muy desagradable, es la misma sensación que cuando uno se da un golpe en el codo con el canto de una puerta y acierta en el nervio. Pero en todo el brazo. De ahí los relámpagos del título. Para consolarme (y para compensar mi minusvalía repostera de los últimos tiempos), al volver de la clínica de fisioterapia paso por una pastelería de la calle Fleury y me compro un éclair au chocolat. Y cuando no tienen relámpagos, me doy a los milhojas desaforadamente.

La forma de tratar todas estas molestias es bastante primitiva: consiste en que un fornido fisioterapeuta (en mi caso, Carl, negro, treinta y tantos, inmenso como un jugador de fútbol americano, los bíceps de este hombre son como mis dos muslos puestos juntos, algo desproporcionado) le reblandezca a una el brazo con calor húmedo, a continuación se lo anestesie con abundante crema analgésica y después tire de él a profusión en múltiples direcciones. En su uniforme del hospital, Carl tiene toda la pinta -y la actitud- de uno de esos amables y plácidos enfermeros que vigilan los psiquiátricos. Carl es un montrealés anglófono que habla un francés bastante limitado, así que nuestras sesiones de tortura controlada transcurren en inglés. Él dice cosas como "Ahora vas a darme el brazo, sweetie, voy a tirarte un poquito de él, dear, y puede que notes una ligera molestia." Ese tipo de anuncios me hace tragar saliva y responderle: -"Vale, pero cuando termines me lo devuelves." A mí no me importa que se ocupe de mí un fisioterapeuta en color o en blanco y negro, señora, no es eso. Pero es que Carl me sobrepasa de unos ochenta kilos y da bastante miedo cuando se pone a a hacerme crujir diversas articulaciones. Aún así, parece estar ayudándome, y progreso, aunque lentamente. Ya puedo atarme una coleta sin blasfemar. Parece que para que desaparezca la irritación del nervio llevará tiempo, de ahí lo de no emocionarme y no pasar muchas horas delante del ordenador.

Ya ve, yo que me las prometía muy felices, pensando en cómo durante esta convalecencia iba a ser creativa y escribir algo que revolucionara el mundo de la literatura popular, y ver todas las películas de arte y ensayo que tengo atrasadas, en lugar de eso me paso los días siendo manipulada cual muñeca de trapo, comiendo pasteles, leyendo novelas cutres de ciencia ficción y masajeándome el brazo con Voltarén mientras veo basuras protagonizadas por Jennifer Aniston, a la que aborrezco bastante. Estos días en la tele es eso, o "Ben Hur". Y a Charlton Heston en minifalda lo aguanto aún menos que a Jennifer. Normalmente cuando ando de humor a nubarrones el ejercicio me ayuda, pero de momento no puedo hacer mi jogging cotidiano (olvide la idea de cualquier ejercicio que conlleve dar saltos... por no hablar de que aún soy incapaz de embutirme en un sujetador deportivo, con mis costuras aún frescas). Me iría a dar paseos, pero estamos teniendo la primavera más fría y gris de la historia (incluso en términos quebequeses), raro es el día en el que levantamos cabeza de los dos grados. Hacer cosas manuales o cocinar es bastante imposible por el momento, aunque ayer me salté las restricciones, le puse a monsieur M. a cortar y picar verduras e hice un osso bucco bastante esplendoroso. Y según le escribo, una compota de ruibarbo y fresas cuece en la cazuela. Cosas ambas que me levantan el ánimo y me hacen salivar. Esta semana me propongo el faraónico proyecto de plantar las semillas de mi mini-huerto (testimonio de mi fe optimista en que la primavera - la meteorológica, no sólo la astronómica- terminará por llegar). Y de intentar responder a algún correo y a los comentarios que se me amontonan.

Sé que esto es pasajero, señora. Y que tengo suerte de que me haya tocado un petit cancer, en lugar de uno gordo y difícil de curar. Y que aún me quedan tratamientos e incomodidades. Así que intento ser paciente, pero no se me da muy bien lo de la minusvalía. Ni lo de la paciencia. Entretanto, me como todo ese chocolate que usted, Noema y Gin me han mandado, y leo todos sus libros. Y me digo que tengo bastante suerte de contar con usted y con ellas, y con toda esa gente que me ha escrito.
Pues eso. Que la estimo en cantidades industriales. Que sus correos me hacen compañía. Y que esta semana tengo que pillarla para un Skype, me gustaría oír de nuevo su voz cascabelera.

Beso.

Arantza

viernes, 8 de abril de 2011

Di sí a las drogas

Tras su experiencia quirúrgica, Paciente Impaciente ha llegado a varias conclusiones:

1. La morfina no es pecado si se utiliza por pura necesidad, a saber:
- por pura necesidad recreativa
- por necesidad intelectual (como en el caso de Sherlock Holmes)
- en medicina paliativa
- por necesidad postoperatoria, como es su caso


Paciente Impaciente está poniendo mucha lima en el coco, que es una forma muy para todos los públicos de decir que está descubriendo los placeres de los derivados de la morfina. Paciente Impaciente constata que en su caso personal los derivados de la morfina no parecen aguzar sus capacidades deductivas, como le ocurre a Mr. Holmes. Ella sospecha que incluso las disminuyen, dado que desde que ha empezado a consumirlos parece sentirse como si la hubieran deshuesado y observa una inclinación inexplicable por ver talk shows mañaneros comiendo chocolate tumbada en el sofá. Y dormir muchas siestas seguidas.

2. Los anestesistas canadienses no parecen seguir el patrón de los dos anestesistas vascos que ella conoce: no son jóvenes, guapos y musculosos. Son pequeñajos y tienen tendencia a llevar mechas y gafas con monturas de colores chillones. Y a insistir en imágenes de relajación absurdas, tales como: "Imagínate que estás en una playa de Cancún, la arena blanca y fina te acaricia los dedos de los pies." Paciente Impaciente no ha estado en Cancún en su vida. Y las playas que ella prefiere, las del litoral vizcaíno, no tienen arena blanca y fina. Ni son relajantes, porque las olazas son de las que si te descuidas te bajan el biquini hasta los tobillos. Ella para relajarse prefiere imaginarse en el horno, dentro de un gigantesco bizcocho de chocolate, o tomando el té con el príncipe Charles y la reina Isabel (y sabe que suena raro, sí, pero toma drogas, qué pasa). Igual la conclusión de Paciente Impaciente sobre los anestesistas canadienses se vio influenciada por el estado de ligero terror en el que estaba sumida unos minutos antes de ser anestesiada, porque es verdad que la muestra poblacional en la que se basó era bastante escasa.

3. Los pacientes deberían ser intubados con algo que tuviera los cantos más redondeados, definitivamente. A juzgar por el estado de su garganta (como si hubiera tragado una sopa de gravilla), Paciente Impaciente apostaría que el cretino que diseñó los aplicadores de tampones (para los señores que ignoren este detalle: unos malditos tubos de cartón, con su canto bien cuadrado) fue el mismo que tuvo la idea del tubo endotraqueal. Con los mismos resultados incómodos.

4. Dentro de su mala suerte de últimamente, parece ser que Paciente Impaciente no se ha llevado la palma. Paciente Impaciente anuncia a todos los adorables lectores que la han seguido hasta este blog y la miman, jalean, animan y comentan, que es la "feliz" propietaria de un cáncer de mama en el estadio 1, que no afecta a sus ganglios. En el "top 40" de los cánceres de mama, es de los menos malvados. Paciente Impaciente, que ha recibido todas estas noticias en persona y en un amable correo electrónico de cortesía postoperatoria de su doc, ha prometido a Cirujano Humano otra tanda de muffins semejante a la que le hizo antes de que la operara. El dicho doc se ha declarado encantado y ha puntualizado que, dado el esmero con el que le puso las grapas en la axila y los puntos particularmente bien hechos de su pecho, cree merecer que sean de arándanos. Y chocolate negro.

Y dicho esto, Paciente Impaciente os agradece todo el apoyo de los últimos días y os pide perdón por no responder a vuestros comentarios, porque ahora mismo tiene una siesta pendiente. Beso.

viernes, 1 de abril de 2011

Banderilleros y picadores

La doctora Anastasia, la médica que va a encargarse de mi biopsia, tiene un apellido ruso, es una cuadragenaria con el pelo de un rubio ceniza -natural-, los ojos de un azul pálido y gélido como un glaciar y un ancho de hombros de campeona de natación. Me muestra la aguja con la que me va a hacer la biopsia de los nuevos bultos que me encontró  Mentsch Surgeon (el alias yiddish de Cirujano Humano) la semana pasada. Mentsch Surgeon quiere saber antes de operarme la semana próxima (sí, sí, ya os dije que esto rula) si mi tumor inicial ha tenido tiempo de tener hijitos, porque ya puestos a jugar en mi pobre pecho maltrecho, aprovecharía para darle una buena batida. La doctora Anastasia tiene exactamente el aspecto que tendría la actriz que yo eligiría para interpretar a un oficial médico supervisor de torturas de la KGB, y la aguja que esgrime es del tamaño y del aspecto de una Black & Decker. Me da un ligero vahído y decido que va a ser mejor no mirar mientras me hagan la autopsia. Digo la biopsia.

Tras la anestesia local, empiezo a pensar que mi pecho dentro de poco va a empezar a tener el aspecto de esos alfileteros chinos de trapo en forma de tomate. La doctora Anastasia se aplica al trabajo, gruñendo y quejándose de lo denso del tejido (no, de verdad, esta gente va a acabar desanimándome de ir al gimnasio), de lo móviles que son los bultos, y juega a "¿Dónde está Wally?" con su aguja descomunal. A juzgar por lo que estoy notando con la anestesia, pienso que los pobres que tengan que pasar por una biopsia de un testículo tienen que ver constelaciones enteras de estrellas.

Doctora Anastasia, brusca: -"No se mueva."
Paciente Impaciente: -"No puedo, me tiene ensartada como a un pincho moruno."
Estocada. Presión.
Paciente Impaciente: -"Ouch. Me recuerda usted a los banderilleros de las corridas de toros de mi país natal."
Pinchazo. Empujón. Dolor agudo.
-"¡Auh! No, no a los banderilleros. Más bien a los picadores."
Más presión. Más pinchazo. Sensación de pinzamiento cuando recoge la muestra de tejido.
-"Y empiezo a sentir bastante simpatía por el toro."
Doctora Anastasia sentencia, concentrada en la pantalla del ecógrafo: -"Es una costumbre bárbara y primitiva." Mueve la aguja con brusquedad. Presión. Pinchazo.
Paciente Impaciente: -"Ayy. Ya lo creo. Mis sentimientos antitaurinos aumentan por momentos. A simple vista, ¿qué pinta tienen los bultos nuevos?"
Doctora Anastasia, parca: -"Si estos bultos son cancerosos, me lameré mi sombrero."
Paciente Impaciente: -"Creía que la expresión inglesa era "me comeré mi sombrero".
Doctora Anastasia, impasible: -"Lo es. Pero estoy bastante segura, y no tengo hambre."
Paciente Impaciente: -"Ni siquiera lleva sombrero."
Doctora Anastasia: -"Entonces lameré el tuyo."
Paciente Impaciente: -"Le tomo la palabra. ¡Aoh!"
Empujón. Pellizco.

Como soy una persona a la que le salen moratones fácilmente, por supuesto que empiezo a sangrar y un hematoma enorme empieza a formarse. La doctora Anastasia pide a una enfermera que le eche un cable, o dentro de poco no verá nada. La simpática enfermera de oncología que me ha acogido en la recepción me planta las dos manos en el pecho, una encima de otra, y apoya cargando todo su peso. Me siento exactamente como si una mula me hubiera coceado la teta. Y esta mujer encantadora viniera a presionar en el punto preciso en el que hubiera recibido la coz.
Paciente Impaciente: -"¡OUCH!"
Enfermera Simpaticona: -"Sorry, sweetie. Tengo que apretar para que dejes de sangrar."
Paciente Impaciente: -"Jrrumpf. Si no fuera usted tan simpaticona, ahora mismo le atizaría un puñetazo."
Enfermera Simpaticona suelta una risilla. -"¿Cómo te sientes, honey bee? Te puedo tutear, ¿verdad?"
Paciente Impaciente: -"Tienes las dos manos plantadas en mi teta derecha. Creo que hemos llegado a la fase del tuteo. Me siento como si una mula me hubiera coceado el pecho, y luego hubieras llegado tú con un martillo para terminar el trabajo."

Cuando termina la sesión de tortura y estoy sentada en la camilla terminando de ponerme el jersey, Enfermera Simpaticona me frota la espalda cariñosamente, probablemente con ánimo de reconfortarme. Le agradezco el gesto humano en un medio que a menudo es bastante impersonal, pero las muestras de afecto físico por parte de desconocidos suelen incomodarme más que reconfortarme. Enfermera Simpaticona no se ha dado cuenta, y abre los brazos y me abraza en un gesto maternal. Parpadeo y me pongo rígida. -"Ah. No eres del estilo mimoso,¿eh, cutie pie? ", me dice, sonriente. -"Uhm. No mucho. Pero sobre todo es que me estás aplastando el pecho." Se separa rápidamente, disculpándose con profusión.

*********

A la salida del hospital, en medio de una nubecilla de euforia debida en parte a que al fin se terminó este día  de merde y en parte a los calmantes que me ha regalado Enfermera Simpaticona, camino hacia el metro contenta del sol radiante y contesto a una llamada de mi amiga Ed:
Ed: -"¿Qué tal te ha ido?"
Yo: -"Aparte de que ahora sé cómo se siente una aceituna en un martini, bien."
Ed: -"Qué comparación más cosmopolita."
Yo: -"Ya lo creo. Ahora voy a comprarme una bandeja enorme de sanísimo sushi, un paquete de guarrísimos M&M's rellenos de mantequilla de cacahuete y me voy a casa a ver la peli más tonta que encuentre con el pecho metido en un tazón con hielo."
Ed: -"Pecho on the rocks. ¿Con aceituna?"
Yo: -"Ja. Tetini." Resoplo. -"La teta me duele como si me hubieran bailado un zapateado encima,  y está como al doble de su tamaño normal. En otras circunstancias igual hasta me hubiera hecho ilusión, pero así, en asimétrico, sin que la izquierda haga juego, como que no es lo mismo."
Ed: -"Ánimo, Aran. Tú tienes muchos cojones", dice, con su encantador acento mexicano.
Yo: -"No creas. Y menos mal, porque con mi suerte legendaria si los tuviera probablemente tendría un cáncer testicular."  

martes, 22 de marzo de 2011

Cartas a la señora Hernández (VII): que rule, que rule.

Querida señora Hernández:

Desde que le escribí ayer ese correo lleno de confusión, frustración y hartón generalizado con esto de tener que pelearme para que me traten, las cosas han cambiado mucho. Recapitulo:

El domingo pasado asistí a una charla organizada por Rethink Breast Cancer, una organización que echa una manita a mujeres jóvenes con cáncer de mama. Lo de que haya una organización para mujeres de menos de 50 ya me pareció alentador, empezaba a pensar que soy realmente una rareza estadística. Cuando una ve claramente que es la pipiola de las salas de espera de oncología eso no la anima ni la hace sentirse sexy, más bien le da aprensión.

El médico que nos habló de tratamientos personalizados y que nos descifró lo de los receptores hormonales y lo de los genes REH2 y demás sofisticaciones celulares era un tipo muy majete y accesible, a pesar de ser director de oncología del Hospital General Judío, director de la Cátedra de Oncología en la Universidad McGill (LA universidad de Montreal), LA lumbrera canadiense en oncología mamaria y una de las lumbreras en la investigación oncológica mundial. Me alegré mucho de entender bien inglés, porque esta organización y sus actividades tienen lugar en "el otro lado" de Montreal (sí, la frontera lingüística y política en esta ciudad es palpable, es algo así como un muro de Berlín invisible). Durante el cocktail que siguió a la charla me animé a preguntar a Dr. Big Shot si el plazo de espera que me estoy chupando para la cirugía  es normal en el sistema de salud montrealés. Y cuando le conté, se indignó. Mucho. Y en inglés. Me dijo que tras haber sufrido el error médico que retrasó mi diagnóstico un año, deberían estar tratándome como una reina y lamiendo el jodido suelo a mi paso (cito textualmente, en inglés en el original). Me dio varios nombres de jefes y directores del hospital en el que estaba siendo no-tratada y me conminó a montarles un chocho (en inglés del original). Parece ser que yo había cometido un error fatal, señora: confiar en el sistema (este izquierdismo mío, que un día me va a matar, y no metafóricamente) y ser demasiado amable. "Stop being so nice!" me dijo Dr. Big Shot.

Dicho y hecho. So I did, and I started kicking some ass (on the phone). Dispuesta a patear traseros en persona, si  la cosa no funcionaba por teléfono. Le tomé la palabra, y como he ido acumulando bastante mala leche últimamente y la he macerado durante diez semanas de espera, ayer me pasé el día al teléfono siendo autoritaria, exigentona y desagradable a diestro y siniestro. No sirvió para mucho, porque la mayoría de esos jefes y directores estaban de vacaciones en México, Cuba, La Martinica (les deseo eritemas solares de tercer grado), pero me dieron una fecha. Un poco tarde para mi gusto.

Señora, qué cansancio. Mantenerme de buen humor y con un grado de optimismo aceptable requiere ya una gran parte de mis energías. Ni le cuento lo que agota encima tener que enfadarme. Es difícil combinar ambos, el cabreo y la indignación, y el buen humor. Tampoco es que esté sola en esto, monsieur M. se ha quedado en Montreal esta semana, dispuesto a patear traseros conmigo. No porque me crea incapaz de hacerlo yo misma, sino porque piensa que al ser la persona directamente afectada soy un poco el rehén de la situación y de los miedos típicos que conlleva.

Me quedé meditando un momento lo de la fecha tan duramente obtenida, y por la tarde, bastante tarde, tuve la inspiración de buscar el correo de Dr. Big Shot y escribirle un mail, contándole la cosecha del día y pidiéndole su opinión sobre el siguiente paso. Dr. Big Shot no sólo es big y majete, sino que parece tener una jornada de trabajo que no termina nunca, porque en menos de cinco minutos me contestó y me dijo que se disponía a dar la murga a todos sus colegas de varios hospitales. Y que no pararía hasta encontrar a uno que se ocupara de mí a toda hostia (sigo citando textualmente, traducción propia de "au plus sacrant", esta vez en francés del original, porque Dr. Big Shot no sólo es una lumbrera, también es bilingüe).

Señora, creo que he tenido suerte en parte porque tomé la iniciativa de escribirle, y en parte porque durante el cocktail hice unos cuantos chistes y le hice reír, lo cual hizo que se acordara de mí y se tomara "lo mío" de manera un poco personal. O quizá el tipo tenga simplemente conciencia profesional. El caso es que ayer en tres horas me consiguió una cita con un nuevo cirujano oncológico. Me he pasado la mañana en un maratón burocrático, intentando obtener una transferencia de mi historial de mi antiguo -and crappy- hospital al hospital judío, al que tenía que llegar para la una del mediodía. Hasta los archivos funcionaban mal, oiga. Me decían que iba a tener que esperar dos semanas (!!!) para unas malditas fotocopias y mis mamografías. Tras engatusar, suplicar, levantar la voz y amenazar, he tenido que recurrir a métodos más rastreros: ponerme a llorar para que me lo dieran. Yo normalmente no lloro en público, señora. Y en privado bastante poco. Y hoy ni siquiera me sentía triste ni desesperada, sólo enormemente frustrada y de mala uva. Y como muchas mujeres, cuando la cólera me sube a punto de ebullición tengo la tendencia a lagrimear. Normalmente opto por mantener mi dignidad y me trago el lagrimeo, pero pensando en que por culpa del cretino burócrata que tenía delante iba a perder la cita de urgencia con el nuevo cirujano y tener que esperar eternamente, me he dicho "what the heck", y he abierto el grifo. Y ha funcionado. La mayoría de la gente se siente tan horriblemente incómoda de haber hecho llorar a alguien que son capaces de darle hasta la cartera para que pare. Ése es un truco que aprendí de mis alumnos de primero de primaria, que podían llorar a voluntad como si el mundo fuera a acabarse y al de dos segundos les sorprendía felizmente comiendo gominolas y riendo a grito pelado. En menos de cinco minutos yo estaba en un taxi rumbo a mi nuevo hospital, sorbiendo un latte.   

Hoy he aprendido varias cosas, señora: que la información es el poder. Si no hubiera ido a esa charla aún andaría esperando a que me brote un tumor en la frente. Que en esta vida hay que tomar la iniciativa (bueno, eso ya lo sabía, pero todo esto me lo ha confirmado). Que puedo llegar a ser manipuladoramente llorona cuando se trata de salvarme el pellejo. Que ser amable y tener mucha empatía no funciona siempre y no hace que las cosas vayan forzosamente mejor ni que se nos trate de forma justa. Muchas veces se confunde la amabilidad con debilidad. Que el sistema de salud pública quebequés, a pesar de ser de calidad, es de difícil acceso, y que no funciona igual del lado anglófono que del francófono. Que me perdonen mis amigos francófonos: la eficacia anglosajona es bastante flipante.

Desde hoy a media mañana soy una nueva y flamante paciente del Jewish General Hospital. Este hospital tiene muy buena reputación en el tratamiento del cáncer de mama, es algo así como Grand Central Cancer. Y tengo un nuevo y flamante oncocirujano: Cirujano Humano. Que me ha dicho adorar San Sebastián, tener un disco de Benito Lertxundi (!), se ha extasiado ante mis tatuajes ("they're meannn"), me ha prometido muchos más análisis genéticos de mi garbanzo (que ahora yace en placas estériles de vidrio, cómodamente loncheado y conservado en parafina) para encontrar la hormonoterapia perfecta y me ha garantizado operarme si no mucho más rápido (quiere hacerme más pruebas), mucho mejor. No más tarde que a mediados de abril (es la primera vez en mi vida que voy a estar inconsciente en inglés). Y al menos sé que la espera va a servir para mirar más cosas y apuntar mejor (tengo una multitud de citas), no para que él asista a un seminario de golf en las Bahamas. Me he pasado la tarde mostrando las tetas a una gran cantidad de personas (todas ellas muy amables y competentes... las personas, no las tetas). Y sintiéndome como si hubiera ganado uno de esos concursos de telerealidad, estilo "Amazing Race", en el que el premio fuera una cirugía.

Ah, sí. Otra cosa. Después de haberme enviado a hacerme resonancias y ecografías varias (no vea cómo rulan en este hospital, le miran a una todas las costuras, del derecho y del revés), Cirujano Humano me ha encontrado un par de bultos más en el mismo pecho (no garbanzos, más bien guisantes). Que cree que son quistes, pero que va a hacer que me biopsien, por si las flies (mi pecho, ese alfiletero). Y después me ha ofrecido una taza de té y una cookie. Cuando he oído la noticia, no he podido evitar suspirar y decirle, mientras untaba mi cookie:

"Such a little breast, so much trouble".

miércoles, 2 de marzo de 2011

Risotto

Paciente cada vez más Impaciente lleva varios días intentando hablar con alguien del hospital para tener una idea de cuánto tendrá que esperar todavía antes de que la operen y saber qué puede hacer con su vida durante ese tiempo. Durante esos días, Paciente Impaciente ha escuchado una cantidad asombrosa de hilo musical por teléfono (Céline Dion parece tener mucho éxito en el medio hospitalario), la han pasado de una persona a otra como si fuera una patata caliente que nadie quiere tener mucho tiempo entre las manos (una patata muy cortés, aclara), ha dejado innumerables mensajes en contestadores y ha escuchado incontables veces "Votre appel est important pour nous. Ne quittez pas. Your call is important to us. Please, hold."

Para su sorpresa, Paciente Impaciente ha recibido llamadas de las personas a las que había dejado mensajes. Paciente Impaciente sospecha que cuando esas personas leen "cáncer" en su historial, ayuda, porque todas esas personas de la administración del hospital han sido muy amables y solícitas. Al fin, tras enterarse de que su cirujano, Oncólogo Competente, se broncea en Cuba durante dos semanas (espera que con protector solar), ha conseguido que una jovencísima enfermera se salte el protocolo y le diga que no cree que la operen hasta abril, y eso con suerte.

Paciente Impaciente le ha dado las gracias amablemente a la avergonzada enfermera, ha colgado y se ha cagado en todo durante algunos minutos. Acto seguido se ha ido a la cocina y se ha preparado un risotto con setas porcini, shitakee y cantarelas, su vinito blanco, bien de queso parmesano, un poco de perejil y un poco de ajo, acompañado de rapini al vapor con un hilillo de aceite de oliva. Se ha servido una ración más que considerable y se la ha comido leyendo una novela policiaca. Después de lo cual cree haber recobrado una parte de su sentido del humor y fe en la vida. Ahora se dispone a buscar trabajo. Y piensa que es curioso que sus dos blogs terminen cruzándose. Si esto sigue así, igual hasta crían.

miércoles, 12 de enero de 2011

Cáncer: It will grow on you

Mi amiga Noema, que no tiene un máster en Boob Blues pero sí que tiene un curso de postgrado en Balls Blues  -no, mi amiga Noema no tiene testículos ni los ha tenido nunca, pero sí que se ha codeado con alguien que... bueno, ésa es otra historia, y ni siquiera es mía para poder contarla, así que mejor no me disperso- el caso es que cuando le conté la noticia, mi amiga me dijo que en alemán tienen un dicho que traducido literalmente quiere decir algo así como "hay que hacerse amigo de la idea". Lo que ella quería decir, con sabia intención reconfortante, es que lo peor es siempre al principio, cuando uno no ha digerido la noticia. Después uno se hace a ella y sigue viviendo.

En inglés tienen una expresión bastante divertida para expresar una idea similar: "it will grow on you", expresión que traducida literalmente no tiene mucho sentido ("crecerá en tí"), pero que significa algo así como "con el tiempo te acostumbrarás y hasta terminará gustándote". En el caso del cáncer, lo de que terminará gustándome no lo tengo yo muy claro, pero lo de que crece en uno me parece muy apropiado.

Tanta digresión lingüística se debe a que esta semana, tras la primera consulta con el cirujano oncólogo me he encontrado catapultada a un planeta que, si bien ya conocía desde fuera, me resulta completamente extranjero y exótico: tiene su propio idioma y sus habitantes nativos. Gracias a los cursos de jerga médica que recibí en los estudios de traducción, me encuentro exactamente como cuando uno hace transbordo en un lóbrego aeropuerto de un país ignoto: entiendo una buena parte, pero no lo hablo.


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Oncólogo Competente hace una pausa en las concisas y cristalinas explicaciones que me ha administrado en los últimos veinte minutos con su voz bien modulada, levanta la vista de la ilustración anatómica en la que ha dibujado circulitos y flechas para ilustrarme mejor y me mira directamente a los ojos, serio y atento. Este cirujano, de mi edad, vestido con una elegante camisa gris marengo y pantalones negros de buen corte, parece salido de un catálogo de Armani. El corte de pelo, un poco largo, como de director de orquesta supermoderno, es lo que le da el toque justo de informalidad y lo salva de parecer snob. Si opera tan bien como se viste, estoy en buenas manos, me digo. Si la que le elige la ropa y el peluquero es su novia, voy a pedir que sea ella la que me opere.

Tras la breve introducción a la anatomía mamaria, y comprobar que soy buena alumna y aprendo rápido, Oncólogo Competente decide lanzarse a las presentaciones formales:

Oncólogo Competente: -"Madame Toquero, aquí su cáncer: carcinoma canalar, hormonodependiente RE y RP positivo, HER2 negativo. Por el momento ignoramos si es invasivo o in situ, y no lo sabremos hasta que no la operemos a usted y efectuemos un buen toqueteo de sus ganglios. Monsieur Carcinoma, le presento a madame Toquero, su anfitriona."

Paciente (es un decir), estrechando la mano de la enorme bola amarilla sentada en la silla frente a la mía en el despacho del doctor: -"Enchantée. Pero creo que ya nos habíamos visto en alguna parte... " La bola gigantesca tiene un extraño parecido con Humpty Dumpty, pero sin el ridículo trajecito de marinero. No me sorprende. Cuando Woody Allen monologa vestido de espermatozoide tampoco me sorprende, aclaro.

Carcinoma (muy cortés): -"Sí, sí, es verdad, en el quirófano de Disco-Surgeon... ahora la recuerdo... ¿cómo está?"

Paciente Impaciente, haciendo un esfuerzo visible por mantenerse educada: -"Bueno, he estado mejor... no se lo tome a mal, pero creía que me había librado de usted definitivamente, vamos, que lo había perdido de vista, y aquí estamos..." Suspira. Oncólogo Competente contempla la conversación con gesto de aprobación.

Carcinoma, cruzando las manos de un tamaño ridículo encima de un regazo enorme, esférico e irregular, parece un poco incómodo. Carraspea un poco y dice, tímido: -"Claro, ajem, entiendo. Pero ya sabe, esto no lo decido yo, en realidad formo parte de sus células, que se multiplican de forma, ajem---"

Paciente Impaciente lo interrumpe con un gesto de la mano, intentando reprimir su irritación: -"---creativa. Ya, ya sé. Es sólo que hubiera preferido que mi creatividad se manifieste de otra forma, qué sé yo, ganchillo, punto de cruz, una novela infecta..."

Carcinoma dirige la mirada a la moqueta de la oficina con aire contrito y no dice nada.

Oncólogo Competente decide intervenir: -"Por el momento, vamos a programarle esa cirugía en la que le cosquillearemos un poco el ganglio centinela, madame Toquero. Y un poco de radioterapia para acompañarla. Y estoy seguro de que en cuanto ustedes dos se conozcan un poco mejor, se llevarán estupendamente."

Paciente Impaciente descruza las piernas y vuelve a cruzarlas cambiando de lado, la expresión hosca. Carcinoma levanta la vista de forma furtiva, y la mira de reojo.

Paciente Impaciente gruñe un poco, por lo bajo: -"Seguro. Vamos a ser amigos del alma."