- "[...] Since you've been such an inspiration for people around... Wow, man! You just ran into a big pile of dogshit!"
- "It happens."
- "What? Shit?"
- "Sometimes."
("Forrest Gump")
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lunes, 1 de agosto de 2011

Cartas a la señora Hernández (XII): Sonrisas y libros

Sorprendente señora Hernández:

Hoy salía de casa semi-corriendo (o todo lo corriendo de lo que soy capaz últimamente durante esta radiofritura, que es más bien poco), cuando that good ol'fella, el cartero de Postes Canada, me ha entregado en mano un paquete. Lo he hundido en el bolso y lo he abierto en la sala de espera de radioterapia, ante miradas llenas de curiosidad. Y como he sonreído abundantemente al ver el ejemplar de "84 Charing Cross Road", y las damas que esperan conmigo están ávidas de que les hablen de cualquier otra cosa que no tenga que ver con el cáncer, les he hecho un breve resumen de quién es usted, de cómo nos conocimos y de nuestra amistad epistolar. He intentado retratarla de manera que le haga justicia, pero cinco minutos no dan para todos esos matices que le confieren a usted tanto encanto. Aún así, tengo que decirle que ha habido muchos "ohs" y "ahs", y muchas más sonrisas, y reminiscencias de buenas y viejas amistades, en esa sala de espera, entre esas cinco mujeres en camisón de hospital.

Durante un momento, Rosanna D'Abruzzi, inmigrante italiana, no estaba en una sala de espera de medicina nuclear de un hospital montrealés: estaba de vuelta en la playa de su juventud, en la costa amalfitana, mirando a los ragazzi por encima de las gafas de sol con su amiga Luisa. Nicole nos ha contado lo de aquella amiga parisina con la que se carteó durante once años, once, antes de ir a visitarla (su primera vez en Europa) y Lupe (la otra, la panameña) me ha hablado de su amiga Pureza (Purita) con la que se escribe fielmente desde que se vino a vivir a Canadá.

No sólo me ha enviado un libro que probablemente adoraré y que me ha reconfortado e infundido nuevos ánimos y nueva convicción de que el mundo cuenta con gente buena (¿cómo demonios ha hecho para que me lo manden tan rápido?), sino que ha proporcionado un rato de vacaciones mentales a unas cuantas mujeres dans la merde.

La abraza con entusiasmo,

Arantza

PD: (Esto no quedará así, insisto. Prometo aturdirla con mi hospitalidad cuando venga a visitarme con el señor alto -o incluso sin él-, pero entretanto, déme un tiempo para recuperarme, le voy a preparar un paquete de cosméticos caseros y orgánicos que va a hacer la envidia general. Y eso porque no quiero sabotearla la dieta, que si no iba a ver usted.)

PD2: (Monsieur M. no está celoso, pero sí vagamente inquieto: afirma que si usted y yo tenemos tanto en común quizá no sea muy conveniente que un día nos encontremos en el mismo lado del Atlántico, podríamos causar un tsunami, o invertir el campo magnético de la Tierra, o desplazar una placa tectónica con nuestro carisma :-).

viernes, 29 de julio de 2011

Cartas a la señora Hernández (XI): Sonrisas, lágrimas y cilantro.

Asombrosa señora Hernández:

Lee usted con una celeridad pasmosa. Yo acabo de leer en el metro de vuelta a casa desde el Jewish Hospital el pasaje en el que John Booker, el sirviente de Lord Tobias Penn-Piers (el que mandó cargar su yate para huir de Inglaterra con todas sus pinturas, antigüedades, cubertería de plata y Lady Tobias, si aún quedaba sitio :-) se hace pasar por su patrón ante los oficiales alemanes. Y me he reído mucho. Me estoy reprimiendo para no tragármelo de golpe, lo leo sólo en el hospital y en el metro, para que dure. Normalmente cuando un libro me gusta tanto me da una gula lectora similar a la suya, pero este libro es cortito y la semana empieza a ser durilla. Así que lo dosifico como si fuera un medicamento, porque un libro que provoca sonrisas violentas en cada página me va a venir muy bien en los próximos días.

Hoy me ha caído encima el cansancio radioactivo. Así de golpe, sin previo aviso. Esta mañana me he despertado preguntándome quién me había rellenado los huesos con plomo durante la noche. El trayecto de ida y vuelta al metro (4 minutos a pie, a paso tranquilo) se me ha hecho eterno. Así como cada tramo de escaleras. Normalmente subo esas escaleras de dos en dos. Hoy hasta la escalera mecánica se me antojaba agotadora a mí, que en mi estado normal soy capaz de una respetable hora de jogging cuatro veces por semana. Tiene usted razón, señora  la sensación es tan repentina que una va andando por la calle y de repente se pondría a chillar "rápido, que alguien me acerque un sofá".

Además, una de mis compañeras de fatigas (nunca mejor dicho), Maureen, una señora negra de unos sesenta y tantos elegantísimos, con un perfil de emperatriz africana, unos brazos y unas piernas largos y estilizados y un pelo cortísimo con rizos plateados, acaba de encontrarse otro bulto en el OTRO pecho. Y la pobre estaba a una semana de terminar el tratamiento. Esa noticia, y saber que ayer pasé más rápido que de costumbre porque la paciente que normalmente iba delante de mí (una quebequesa calladita y tímida, muy sonriente) ha muerto, (no me lo han dicho las radiólogas, que son siempre todo sonrisas y ánimos, sino las demás mujeres que coinciden conmigo en la sala de espera) me ha dado bajón. Sé que mi cáncer es mínimo y poco malvado, así que no temo por mí. Pero me ha podido un poco ver que gente que estaba a punto de superarlo... ya sabe.

He llegado a casa cansadísima y gruñona, y cuando Monsieur M. me servía la ensalada de mango, cilantro, aguacate y lima que ha hecho solícito bajo mis órdenes, me he echado a llorar encima de mi cilantro picadito. Teniendo en cuenta que ésta es la segunda llorera digna de ese nombre que me da desde que me diagnosticaron el bicho, no me siento demasiado culpable de abrir el grifo.

Eah, ya pasó. Ahora me dispongo a dejarme llevar de paseo a un barrio del oeste de Montreal, Côte Saint-Luc, un barrio que aún no conozco, y vamos a ir a ver casas bonitas, uno de nuestras actividades gratuitas favoritas cuando somos demasiado pobres para hacer otras cosas. Tengo ganas de salir de casa, del hospital, de ver gente por la calle andando en bici y comiendo helados, gente que no está enferma. Si tuviera dinero, tomaría un jet privado con mi quebequés de marido y le haría una visita relámpago este fin de semana. Y le exigiría que me lleve a la playa y a comer cosas en terracitas. Como por el momento no puedo, me he contentado con seguir su recomendación y buscar "84 Charing Cross Road", de Helen Hanff, y no hay manera. No parece existir en formato electrónico. Iría a la biblioteca, pero ahora mismo sólo de pensarlo me parece como emprender una expedición al Kilimanjaro.

Teniéndola en la más alta estima, la abraza,

Madame.

PD: (No tiene nada que ver, pero esta semana esquilamos a Julieta. La pobre tiene tanto pelo que estaba muriéndose de calor, por no hablar de las bolas de pelo que escupía en los peores momentos en los sitios más inoportunos. Ahora parece un cordero que ha sido atacado por una podadora. Es difícil mirarla sin una mezcla de compasión y risa floja.)

PD2: (Yo no creo en los signos, señora, bueno, los veo, pero me otorgo los derechos de autor, sé que son creación propia y no de un Ser Supremo, pero hoy, día tristón donde los haya, he visto dos que me han levantado un poco el ánimo: una nueva paciente muy simpática, panameña, en los jóvenes cuarenta, que se ha presentado como... adivine, sí... ¡Lupe! :-), y una chica en el metro que miraba fijamente mi libro de Guernsey y al final no ha podido reprimir una sonrisa enorme y me ha dicho: -"Ooooh, I LOVED that book, it's soooo good". Las dos hemos charloteado un poco hasta su parada, en esa complicidad instantánea de gente que adora el mismo libro. Me he dicho que todo no va tan mal si me tropiezo con unas cuantas Lupes aquí y allá.)

miércoles, 27 de julio de 2011

Cartas a la señora Hernández (X): Fry, fry away.

Querida señora Hernández:

Me alegro de sus proyectos opositores y espero que consiga ese puesto. Yo también estoy con usted en eso de que en ciertos momentos no hay trabajo malo, aunque me desconcierta sobremanera saber que para poder optar a un puesto de conserje hay que saber hacer ecuaciones diferenciales. Me desconcierta y me desazona, porque en breve yo voy a pasar oficialmente del estatus de enferma al de parada y por lo visto no estaría capacitada para un puesto de conserjería en el estado español. Soy una chica eminentemente de letras y una minusválida matemática notoria. Y mis mates del bachillerato son algo muy, muy lejano.

Cuando he leído lo de sus esfuerzos heroicos para adelgazar, a pesar de la resistencia que oponen los supresores de hormonas salvajes que le están dando, me ha dado la impresión de que me faltaba el contexto, o de que me he perdido algo. Me explico:

a) ¿Qué quiere decir con eso de "los 30 gramos de pan" que va a probar? O hay una dieta absurda que se ha puesto de moda en España que consiste en disminuir 30 gramos del consumo diario de pan y que yo me he perdido (como muchas otras cosas, hace ya tres años que no piso la piel de toro y salvo una ojeada muy sucinta al Mundo o a El País de vez en cuando, estoy muy desconectada), o es algo mucho más sofisticado y misterioso que ignoro. Por favor, cuénteme, que estoy intrigada.

b) Por seguir con el tema del pan (y sucedáneos), me pareció leer algo en su facebook sobre que usted se ha puesto a comer biscotes sin azúcar-sin sal-sin grasa-sin pan, y lo encontré incomprensible. Nunca he comprendido los biscotes en sí mismos, y aún menos esa extraña asociación que existe en el imaginario colectivo español entre comer biscotes y adelgazar (curiosamente, ese mito no existe en este país). Los biscotes, aparte de tener una consistencia que se parece sospechosamente a la del cartón de la caja que los contiene, están hechos de harina, sal (o no) y agua, básicamente los mismos ingredientes que el pan, salvo la levadura. Un buen pan fresco (mejor si es integral) es igual o más sano e igual de calórico, e infinitamente menos sufriente. Si la idea es comer porciones controladas, creo que con pesar el pan bastaría. Si la idea es que los biscotes son tan poco apetecibles que no hay peligro de sobrepasar la ración estipulada, entonces empiezo a entenderlo, pero me parece un método de control de peso muy deprimente y poco llevadero a largo plazo. En eso coincido con usted: comer es uno de los pocos placeres de la existencia -junto con la lectura y el cine- que una puede disfrutar sola, vestida y sin depilar. La vida es demasiado corta como para pasarla masticando cartón.

Sin ánimo de darle la plasta (y eso es invariablemente el preámbulo de una plasta), porque sé que está usted rodeada de médicos infinitamente mejor documentados que yo, yo le diría que lo de la reducción calórica para adelgazar funciona hasta cierto punto, pero parece que el cuerpo, ese cabrón, termina por adaptarse y ralentizar el metabolismo, con lo que literalmente todo lo que comemos acaba engordándonos más que antes. Un truco que parece ayudar a mucha gente que conozco a mantener o perder peso (yo incluída) y que no pueden aumentar el nivel de esfuerzo del ejercicio que hacen porque no les sale de las narices, o no tienen tiempo-energía-ganas, es añadir a su rutina normal (en su caso, nadar y andar) ejercicio con peso. Pesas. Musculación, vaya. Imagino que ya sabrá todo esto, pero por si acaso le diré que es cierto que construir tejido muscular es una manera relativamente poco agotadora de aumentar el metabolismo (el tejido muscular en reposo quema más calorías). Y tiene la ventaja de que a gente como usted y como yo, a las que les han sacudido una quimio (usted) y una radioterapia (nosotras) con el aumento de posibilidades de osteoporosis que eso conlleva, les viene bien lo de hacer un poco de musculación, ayuda a mantener la densidad ósea.

Ya está, ya me callo.

Aunque ahora mismo esté agobiada por su aumento de peso y por la maldita hormonoterapia que le sabotea el adelgace, no olvide que en todas las fotos suyas que he visto no sólo no está usted en absoluto gorda, sino que me parece usted espléndidamente guapa, y que tengo ganas de conocerla en admirables carne y hueso, para poder decírselo de nuevo.

En respuesta a su mensaje le diré que mis jornadas son de una monotonía perfecta: me levanto en este calor montrealés denso, húmedo, casi masticable, desayuno, me ducho, me visto con mi camiseta y faldita veraniegas, mi capazo, mis sandalias y mis gafas de sol y me voy a mi sesión de solarium nuclear. En la sala de espera charlo un momento con mis dos compañeras de fatigas, dos señoras maravillosamente discretas y tranquilas que hacen crucigramas y leen, y que, oh albricias, me dejan leer. Las chicas que me fríen (las radiólogas son todas chicas, el guapo residente italiano que me tatuó la osa menor en el pecho está de vacaciones) lo hacen efectivamente con amor y dedicación. Y muchos rotuladores de colores, cada día salgo del hospital con una crucecita o raya nueva. Me compré un vestido espectacular para la boda de Ed (que es la semana que viene), y al final no voy a poder llevarlo porque es bastante escotado y en estos momentos mi escote parece uno de esos libros "Pinta y colorea" abandonado en una guardería y maltratado por docenas de monstruos en edad preescolar.

Por el  momento no parezco estar demasiado cansada: incluso soy capaz de seguir con el gimnasio, con lo que parece casi mi nivel de energía habitual (quizá un poco menos, pero teniendo en cuenta que mi nivel de energía habitual da bastante miedo y agota a mi prójimo más próximo, ahora me he convertido en una persona normal).  Aunque me dan ratos -o días- de parón súbito, en los que se me acaba la batería de golpe haciendo algo tan poco exigente como subir una cesta de ropa limpia del sótano (de repente me da la impresión de estar cargando con una muela de molino escaleras arriba), y me tengo que tumbar en el sofá y quedarme traspuesta cuarenta minutos, yo, la anti-siesta. Tras los cuales vuelvo a funcionar. "Escuche lo que le dice su cuerpo", me dice Radio Chica, mi joven y pecosa radiooncóloga con cara de no tener la edad legal para conducir. Yo escucho con atención, y lo único que mi cuerpo parece decirme con insistencia estos días es: -"granizado de café, granizado de café", -"helado, helado", o -"chocolate, chocolate", aunque en los días de más calor vocifera: "¡PISCINA! ¡PISCINA!".

Aún no estoy excesivamente churruscada, tengo el pecho de un sano color rojo-me-dormí-en-la-playa-haciendo-topless, así que por el momento lo que estoy encontrando más duro de la radioterapia es no poder chapuzarme en la piscina municipal en los días en los que Montreal tiene la misma temperatura que Nueva Delhi.

Me ha gustado el título de su correo, señora, me ha hecho reír tanto que se lo voy a pedir prestado como título de la próxima entrada para mi blog de tetas. Hablando de reír, y de su ingenio, estos días estoy leyendo un libro que no sólo me hace sonreír continuamente, sino que además me hace pensar todo el tiempo en usted y en esta amistad epistolar nuestra. El libro en cuestión es "La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey", de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows. Imagino que o lo ha leído ya o ha oído hablar de él, pero por si no lo ha leído aún, me permito recomendárselo. Es uno de los mejores libros que he leído últimamente -aunque en mi caso el listón estaba más bien bajo-. No sólo el tono es delicioso y el humor fino y ligero como un buen merengue, sino que es un himno a la lectura, la escritura, la buena comida y a las personas que escriben buenas cartas.

Para muestra, un fragmento de una carta del editor, admirador y buen amigo de la escritora protagonista, que escribe preocupado porque otro editor intenta hacer la corte (en más de un sentido) a la autora:

"He's after you, Juliet, no doubt about it. Shall I challenge him to a duel? He would undoubtedly kill me, so I'd rather not. My dear, I can't promise you plenty or prosperity or even butter, but you do know that you're Stephen's & Stark's -specially Stark's- most beloved author, don't you? Dinner the first evening you're home? Love, Sidney."

Un pasaje que leí esta mañana me hizo acordarme especialmente de usted, cuando andaba pensando en lo que iba a decir en aquella charla sobre la lectura que dio en la feria del libro. La protagonista se enfrenta a una dificultad semejante:

"In the meantime, the Times has asked me to write an article for the literary supplement. They want to address the practical, moral, and philosophical value of reading -spread out over three issues and by three different authors. I am to cover the philosophical side of the debate and so far my only thought is that reading keeps you from going gaga. You can see I need help."

¿Qué más podría añadir? En mi caso es indudable: leer (y escribir) es lo que hace que no me vuelva majara. En particular leerla y escribirle a usted.

Un abrazo enorme (y chamuscado).

Arantza

PD: (En un momento en el que el calor nos dio un respiro, volví a mis andanzas reposteras e hice unos muffins con sémola de maíz que son una cosa loca. Pero no quiero torturarla, pobre, usted que ha desterrado a los "ingratos de carbono" de su dieta. Mejor le hablo de unas brochetas de vieiras marinadas en zumo de lima y jengibre que hice el domingo, y que tuvieron bastante éxito con Monsieur M., que también anda luchando, en su caso para no llegar al peso de tres cifras.)

PD2: (Casi se me olvida: le recomiendo la dieta ayurvédica. No parece funcionar demasiado, pero si se documenta lo suficiente podrá dar el coñazo de manera incesante a todos los enfermos-sobrevivientes de cáncer que conozca, y dar el coñazo debe de acelerar el metabolismo. :-)

domingo, 24 de abril de 2011

Cartas a la señora Hernández (VIII): relámpagos y milhojas

Epatante señora Hernández:

No sólo le contesto el correo, sino que le diré que ahora me permito un texto largo al día y el de hoy se lo consagro a usted (me gusta utilizar verbos de temporada, y "consagrar" le va muy bien a la Semana Santa). Tengo que andar con cuidado y no escribir mucho, porque el teclear y utilizar el ratón me hace mover todos esos tendoncillos y músculos que tanto me torturan últimamente. De ahí este racionamiento textual. Por una vez en mi vida, tengo que ser más lectora que escritora, cosa que no me viene nada mal.

Comienzo por lo más plastoso, el parte médico: como le conté, parece que en estas dos semanas he desarrollado un efecto secundario no demasiado habitual de la biopsia del ganglio centinela, la trombosis linfática ligera. Sé que la palabra "trombosis" da muy mal rollo (en mi lista de palabras que dan mal rollo, anda en cabeza, junto con "cardenal" -en ambas acepciones-, "parásito" -y sus derivados-, "fascismo" y "alternativo", ésta última ha sido incorporada en los últimos tiempos, por saturación de sugerencias curativas).

No la aburriré con los detalles, que para eso tiene usted una familia entera de galenos; parece que cuando Mentsch Surgeon (Cirujano Humano) me extrajo dos ganglios para analizarlos, los vasos linfáticos afectados por la desaparición de los ganglios se me pusieron a cicatrizar de una manera un poco rara. Y dejaron como residuo una especia de cuerda que da mucha grima, porque la primera vez que se manifiesta es talmente como si un nuevo tendón hubiera hecho su aparición en el brazo, recorriéndolo de la axila a la muñeca (¿ha visto "Alien"?). Esta especie de cuerda duele en sí misma, y si a todo ello le añadimos que el doc tuvo que toquetearme muy ligeramente los alrededores del nervio vago, irritándolo hasta lo indecible, el resultado es que el brazo entero duele que te rilas. El dolor tiene un toque agudo y eléctrico muy desagradable, es la misma sensación que cuando uno se da un golpe en el codo con el canto de una puerta y acierta en el nervio. Pero en todo el brazo. De ahí los relámpagos del título. Para consolarme (y para compensar mi minusvalía repostera de los últimos tiempos), al volver de la clínica de fisioterapia paso por una pastelería de la calle Fleury y me compro un éclair au chocolat. Y cuando no tienen relámpagos, me doy a los milhojas desaforadamente.

La forma de tratar todas estas molestias es bastante primitiva: consiste en que un fornido fisioterapeuta (en mi caso, Carl, negro, treinta y tantos, inmenso como un jugador de fútbol americano, los bíceps de este hombre son como mis dos muslos puestos juntos, algo desproporcionado) le reblandezca a una el brazo con calor húmedo, a continuación se lo anestesie con abundante crema analgésica y después tire de él a profusión en múltiples direcciones. En su uniforme del hospital, Carl tiene toda la pinta -y la actitud- de uno de esos amables y plácidos enfermeros que vigilan los psiquiátricos. Carl es un montrealés anglófono que habla un francés bastante limitado, así que nuestras sesiones de tortura controlada transcurren en inglés. Él dice cosas como "Ahora vas a darme el brazo, sweetie, voy a tirarte un poquito de él, dear, y puede que notes una ligera molestia." Ese tipo de anuncios me hace tragar saliva y responderle: -"Vale, pero cuando termines me lo devuelves." A mí no me importa que se ocupe de mí un fisioterapeuta en color o en blanco y negro, señora, no es eso. Pero es que Carl me sobrepasa de unos ochenta kilos y da bastante miedo cuando se pone a a hacerme crujir diversas articulaciones. Aún así, parece estar ayudándome, y progreso, aunque lentamente. Ya puedo atarme una coleta sin blasfemar. Parece que para que desaparezca la irritación del nervio llevará tiempo, de ahí lo de no emocionarme y no pasar muchas horas delante del ordenador.

Ya ve, yo que me las prometía muy felices, pensando en cómo durante esta convalecencia iba a ser creativa y escribir algo que revolucionara el mundo de la literatura popular, y ver todas las películas de arte y ensayo que tengo atrasadas, en lugar de eso me paso los días siendo manipulada cual muñeca de trapo, comiendo pasteles, leyendo novelas cutres de ciencia ficción y masajeándome el brazo con Voltarén mientras veo basuras protagonizadas por Jennifer Aniston, a la que aborrezco bastante. Estos días en la tele es eso, o "Ben Hur". Y a Charlton Heston en minifalda lo aguanto aún menos que a Jennifer. Normalmente cuando ando de humor a nubarrones el ejercicio me ayuda, pero de momento no puedo hacer mi jogging cotidiano (olvide la idea de cualquier ejercicio que conlleve dar saltos... por no hablar de que aún soy incapaz de embutirme en un sujetador deportivo, con mis costuras aún frescas). Me iría a dar paseos, pero estamos teniendo la primavera más fría y gris de la historia (incluso en términos quebequeses), raro es el día en el que levantamos cabeza de los dos grados. Hacer cosas manuales o cocinar es bastante imposible por el momento, aunque ayer me salté las restricciones, le puse a monsieur M. a cortar y picar verduras e hice un osso bucco bastante esplendoroso. Y según le escribo, una compota de ruibarbo y fresas cuece en la cazuela. Cosas ambas que me levantan el ánimo y me hacen salivar. Esta semana me propongo el faraónico proyecto de plantar las semillas de mi mini-huerto (testimonio de mi fe optimista en que la primavera - la meteorológica, no sólo la astronómica- terminará por llegar). Y de intentar responder a algún correo y a los comentarios que se me amontonan.

Sé que esto es pasajero, señora. Y que tengo suerte de que me haya tocado un petit cancer, en lugar de uno gordo y difícil de curar. Y que aún me quedan tratamientos e incomodidades. Así que intento ser paciente, pero no se me da muy bien lo de la minusvalía. Ni lo de la paciencia. Entretanto, me como todo ese chocolate que usted, Noema y Gin me han mandado, y leo todos sus libros. Y me digo que tengo bastante suerte de contar con usted y con ellas, y con toda esa gente que me ha escrito.
Pues eso. Que la estimo en cantidades industriales. Que sus correos me hacen compañía. Y que esta semana tengo que pillarla para un Skype, me gustaría oír de nuevo su voz cascabelera.

Beso.

Arantza

miércoles, 2 de marzo de 2011

Cartas a la señora Hernández (VI): Grf

Señora:

Grf, indeed.

No sé qué tiene mi risotto ai funghi que le parece tan indignante, ya que estaba bastante bueno :-) (just joking).

Mire, me ha inquietado un poco que usted, mi ídolo, modelo de ecuanimidad y sensatez, me sugiera eso de ir a que me operen a las Euskadis. Porque echando cuentas, entre que consigo billete, voy, me echan un vistazo, y programan la operación, calculo que llegaríamos a finales de mayo (imagino que allí también hay listas de espera, ¿no? es que hace mucho tiempo que dejé el terruño, no sé cómo anda ahora la Seguridad Social), que es más o menos cuando mi cirujano de aquí habrá vuelto de vacaciones, seguido su tratamiento completo de spa y aguas termales y terminado su cursillo intensivo de golf, y estará al fin dispuesto a operarme. Vamos, que igual no adelanto gran cosa, y entretanto tengo que gastarme un pastón que no tengo en el billete y vivir con una madre angustiada, algo extremadamente nocivo para la salud. Por no hablar de que no estoy exactamente segura de que una vez que una se declara oficialmente residente en el extranjero, no tenga que vivir X tiempo en España para poder acceder de nuevo al sistema de salud pública (aquí al menos funciona así, por lo de evitar el turismo médico). En el fondo todo eso me da profunda pereza, señora.

Well. No se preocupe, que no mete la pata. Ni siquiera el tacón. No crea que no le agradezco el interés que se toma, siempre está bien que alguien inteligente le haga a una considerar otro punto de vista. Está claro que si en mayo aún no me han operado, la enfermera me cuenta que mi cirujano se ha ido a una convención de criadores de zarigüeyas y me encuentro un nuevo tumor en la frente, coño (como bien dice usted), entonces tendré que reconsiderar su idea. Entretanto, he decidido esperar. Es verdad que estoy un poco harta. Con HAR mayúscula y TA mayúscula. Y que cocino cada vez mejor. Y que engordo.

Lo de sus marcadores tumorales convencionalmente aburridos: Yuju. Mucho. (Perdone la sobriedad, es que soy vasca).

Ahora me voy a hacer un colacao (o un té chai, no estoy segura), que vengo de la biblio y soplaba una rasca brutal (12 bajo cero).

Apreciándola lo que se merece, un abrazo mollar (llena de risotto ando aún, no sé cómo voy a hacer para plegarme en yoga y no arrojar los funghi). 

A.

martes, 1 de marzo de 2011

Cartas a la señora Hernández (V): Esta casa es una ruina

"- Ahh, home, crap home!"

***

"Walter: - What has Max got that I haven't got?
Anna: - Walls."


***

"Walter: - Do you know how hard it is to find a really good carpenter? Besides, I think he's got a brother who's a plumber!
Anna:
- Really? A brother who's a plumber?
Walter: - I think so.
Anna: - Do you think I should sleep with him?
Walter: - Maybe just this once."


***

"Walter: - No pretendo decirle cómo tiene que hacer su trabajo, pero ni siquiera ha echado un vistazo a las tuberías.
Fontanero: - Les eché un vistazo hace tres años. ¿Cree que con el tiempo han mejorado?"

(De "Esta casa es una ruina")

*********************



Excelsa señora Hernández:

Le resumo esta primera mañana de marzo: estamos a once bajo cero (y curiosamente, en las tiendas de ropa de Montreal no se ven más que pareos y biquinis), Jules, el obrero más dicharachero de Montreal (uhm... no, ése no es el adjetivo más apropiado) me ha sacado de la cama a grandes timbrazos, se ha reído de mi pijama, de mis ojos hinchados, de mis zapatillas de estar por casa, de mis pelos y, en fin, de mi persona en general, ha criticado mi café aromatizado a la vainilla, ha molido y preparado una cafetera con el café de monsieur M. (tiene permiso) y café en ristre se ha ido a dar trompazos en algún punto de esta barraca en ruinas. Como en los viejos tiempos: yo, sufriendo (antes, la tesina, ahora, el cáncer) y el Jules demoliendo. *Suspiro*.

Así que ya ve, de nuevo vivo el ménage à trois tradicional en esta casa: monsieur M., yo y un operario (nuestro Jules). Sólo que entre semana monsieur M. está mayormente ausente (y lo estará hasta que me operen), ya que anda construyendo líneas eléctricas allí donde desovan los salmones. No me puedo quejar de soledad, señora: es extremadamente difícil sentirse sola cuando un tipo anda derribando el techo de la cocina a mazazo limpio.

Usted se preguntará por qué demonios estamos -de nuevo- haciendo obras en el palacete montrealés, probablemente se dirá que igual no es el mejor momento, dado mi cáncer, mi paro, el clima boreal en el que vivimos, la crisis, la conjunción planetaria y la situación en Oriente Medio, por mencionar algunos de los factores que indican que tendríamos que esperar. Pues bien, le cuento: todo empezó con una grieta sospechosa -todas las grietas son sospechosas en esta barraca- en el techo de la cocina, exactamente encima de la puerta que da al cuarto de baño. La grieta empezó a extenderse paulatinamente, pero bueno, en esta casa estamos muy acostumbrados a ver signos de decrepitud sin alarmarnos excesivamente. Cuando hace un par de semanas la grieta pasó del singular al plural, y una enorme mancha de humedad empezó a acompañarla, monsieur M. empezó a mostrarse intranquilo. Yo, presintiendo lo que se avecinaba, me apresuré a hacer lo más lógico dadas las circunstancias: galletas de nueces de Macadamia y chocolate blanco. Porque es verdad que soy optimista, señora, y que "pollyannizo" prácticamente todas las situaciones que me caen encima -nunca mejor dicho- y tiendo siempre a ver el lado bueno de las cosas, y a pensar que podría ser peor. Pero no es obligatorio que sea peor todo el tiempo. Jolín.

Tengo que decir que en esta cabaña montrealesa no somos fanáticos de las reformas, a pesar de que podamos dar esa impresión. Es más: me atrevería a decir que las reformas rara vez las decidimos nosotros, se deciden ellas solas (como la vez en la que el techo del cuarto de baño, la porción de encima de la bañera, se le cayó literalmente encima a monsieur M. mientras tomaba una ducha, la misma mañana en la que salíamos rumbo al aeropuerto, de camino a España y a unas merecidas vacaciones).

Por eso, cuando hace unos días monsieur M. tocó el techo de la cocina con la mano y constató que el techo era blando, dijo esas tres palabras cargadas de presagios de caos y polvareda: "Llama al Jules." En esta casa esas palabras son casi el equivalente de "llama a los cuatro jinetes del Apocalipsis". 

Porque mi irreductible hombretón quebequés sólo teme una cosa: que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas.

Beso, señora.

Arantza

PD: (Ayer hice mi primer intento de gofres de Lieja. Un desastre. Quizá le sirvan al Jules como masilla para tapar agujeros.)

PD2: (Sigo esperando noticias del hospital. En un momento de nociva ociosidad, me puse a investigar los plazos de espera para cirugías en Montreal y sus consecuencias sobre la tasa de recuperación. Ahí fue cuando paré de googlear e intenté los gofres de Lieja y ante el fracaso, hice unas Chocolate Cherry Coma Cookies, de las cuales me comí cuatro de una sentada, para calmarme.)

PD3: (Estoy inmensamente contenta de que pasara la ITT -Inspección Técnica de la Teta- y todo le diera bien, señora. Hurras y vivas y yupis.)

PD4: (Ahora cada vez que voy a hacer pis tengo que ponerme un casco de Hydro-Québec, por si las moscas.)

PD5, última hora: (Acaban de llamarme del hospital para informarme de que Oncólogo Competente, mi nuevo y flamante cirujano, está de vacaciones. Y que por eso tardan en llamarme. Ah. Vale. Mire, señora, entiendo que los cirujanos tienen derecho a descansar, como todo el mundo, pero si me hubieran avisado antes no habría rechazado las amables invitaciones de mis amigos que viven en el campo, y habría podido irme de vacaciones yo también. En lugar de estar sentada frente a la chimenea en Saint-Vallier, tomando un chocolate, estoy plantada aquí en Montreal, oyendo jurar -"Putain!" a mi operario bretón y narizón.)

domingo, 6 de febrero de 2011

Cartas a la señora Hernández (IV): Speedos y momentos emotivos

Señora Hernández:

Aprovechando que esta mañana he decidido hacer novillos de yoga (yo creo que incluso el Nirvana hay que abordarlo con moderación), le escribo, que la tengo un poco descuidada.

Una de las razones de mis novillos es que he visto por Internet que mis encargos de libros llegan hoy, y como la oficina de UPS está en el quinto pino y no me apetece peregrinar hasta allí en raquetas y trineo de huskies (no vea lo que nos ha caído esta semana), me he quedado en casa a la espera del repartidor. Eso sí, me he hecho la rutina matinal con un video muy majete que he encontrado por internet, de un tal Rodney Yee, guru del yoga norteamericano, ex bailarín con... ajem, de todo, en cantidad suficiente y en los lugares apropiados, que enseña el yoga embutido en un bañador Speedo extremadamente minimalista. Muy relajante. Sobre todo después de haber paleado toneladas de nieve ayer (hoy no puedo levantar el brazo para cepillarme el pelo, es patético).

Monsieur M. tiene una reunión de instructores de kyudo, ese tiro al arco japonés tan zen que él practica, vamos que se va a  pasar una buena parte del sábado jugando a indios y vaqueros con su arco y sus flechas. Por mi parte, cuando parecía que al fin me iba a dar por ponerme a hacer algo de provecho, como coladas de ropa que se amontonan hasta el infinito, o escribir una novela que revolucionará el mundo literario, o en su defecto, la comida, se me ha plantado en la cocina un buen amigo suyo (y a estas alturas, mío), el que sirve de inspiración al tan salivado personaje de Dan en mi otro blog, el que no trata de tetas.

Este amigo, cuyas iniciales en la vida real son P.P. (sí, como el partido, pobre), tiene muchas de las características encantadoras de Dan (o más bien debería decir que Dan tiene muchas de sus características), sin el sex-appeal, gracias al cielo. Porque si tuviera un cuerpo de Dan y se me plantara en la cocina cuando yo aún estoy en pijama y monsieur M. ausente, encontraría dificilísimo lo de la monogamia.

Así que eliminada la posibilidad del adulterio, nos queda la charla, las tazas de té interminables y el intercambio de recetas (siempre llega cuando ando haciendo la comida). Hoy nos hemos charlado dos teteras y un curry verde de berenjena (ando muy obsesionada con la comida tailandesa). Lo bueno de P.P. es que charla como una mujer: infatigablemente, puede picar cebolla al mismo tiempo, dar detalles -civilizados, no excesivos- sobre su vida amorosa  y poner a parir a quien sea. Eso en un hombre heterosexual es bastante poco frecuente. Cuando llega monsieur M. casi como que nos corta el rollo. Menos mal que él no es celoso.

Hoy nos ha pillado en pleno momento emotivo (una primicia, porque yo en eso de ponerme emotiva con los amigos soy como un hombre, me sale poco y bastante torpe): P.P. acababa de ofrecerse a hacerme comiditas y coladas y limpiar baños y vómitos o lo que haga falta durante mi tratamiento. Y como yo aprecio la amistad pragmática, me he emocionado. Los dos andábamos dándonos mutuas palmaditas en los omoplatos a una distancia muy recatada : -"Gracias, hombre" (yo), -"De nada, tú ya sabes lo importantes que sois para mí tú y tu hombre" (él), cuando monsieur M. ha irrumpido en la cocina arco en mano y se ha quedado mirando a P.P. con bastante sorna, mientras éste se limpiaba el rabillo del ojo ligeramente húmedo y yo sorbía por la nariz. We were having "a moment", vaya. Menos mal que no me pasa a menudo. Jeezz.

Después de leer lo de que usted había buscado mi casa en Google Street View, fui a ver. La foto fue tomada hace ya bastantes primaveras. El tejadillo verde horrible como de puesto de fruta ya no existe. En cuanto tenga un momento miro la suya para llenarme de envidia tropical (¿se ven las superlativas cucarachas canarias?).

En lo demás, ando sin novedad. Sigo en lista de espera para la operación, que según las últimas noticias no parece que tendrá lugar antes de finales de febrero, porque no estoy lo bastante enferma. Ya ve usted, ni siquiera soy capaz de un cáncer con fundamento, todo lo hago a medias. Dicen que el que espera desespera, especialmente si es para una cirugía, pero en mi caso más que desesperarme lo que hago es seguir comiendo una asombrosa cantidad de chocolate y leyendo bastante. Si me hacen esperar mucho, aparte de una biopsia de los ganglios van a tener que hacerme una liposucción.

Aunque no todo son desventajas; esto de estar mala de algo grave también tienen algunas ventajas (aparte de recibir chocolate y libros en cantidades industriales). Desde que salí del armario he recibido bastantes mensajes en la dirección del blog, pero afortunadamente había muy pocos "exaltados" (menos de los que me esperaba, la verdad). En su inmensa mayoría, han sido muy equilibrados, amables y animosos. Sí que he recibido algún correo curioso del estilo "probablemente no te acordarás de mí, te conocí en quinto de EGB y te pegué varias veces por el pasillo, pero ahora que te vas a morir quiero pedirte perdón", pero han sido los menos.

Entre los variopintos correos que han caído en mi buzón, también he reencontrado a un par de amigos a los que había perdido de vista. Lo de los reencuentros está muy bien, especialmente cuando es gente que uno quería reencontrar y de los que había perdido el rastro. Pero yo lo llevo con bastante precaución. Digamos que cuando vuelvo por España de vacaciones evito cuidadosamente las reuniones de antiguos alumnos del colegio donde hice el bachillerato, y que si a esa persona de la que perdí el rastro lo último que recuerdo haberle dicho es -"Túmbate en el carril central de la A-8, y espérame ahí, que ya llego", probablemente es alguien con el que no me interesa retomar el contacto. Hasta ahora, los amigos que he reencontrado son de ésos a los que echaba de menos.

También sigo recibiendo muchos consejos absurdos que me curarán milagrosamente en cuanto empiece a aplicarlos todos. Los estoy recopilando en una lista, en cuanto tenga fuerzas para releerlos publico algo. Intento no gruñir y decirme que en el fondo es una muestra de cariño. Y de ganas de joder.

Aprecio mucho sus ofertas de ayuda repetidas, y sólo puedo decirle que mantener esta amistad por correspondencia es una ayuda en sí misma, que escribe usted con un gracejo inigualable y que espero que tanto Pinito, esa perrúscula suya, como el señor muy alto con el que vive, hagan lo posible por merecerla.


Queriéndola abundantemente (sorry, I just had a moment),

Arantza

lunes, 17 de enero de 2011

Cartas a la señora Hernández (III)

Estimada (de verdad) señora Hernández:

Espero que usted ya esté casi repuesta de su resfriado (¿o gripe?), y que al señor muy alto le haya pasado unos virus menores y debiluchos. Si les sirve de consuelo a los dos, aquí en Montreal la gripe y la gastroenteritis están en su apogeo y han colapsado las urgencias. Hoy acaban de llamarme del hospital infantil para que vaya a trabajar y me lo estoy pensando, porque a menos de dos semanas de la operación (aún no tengo fecha, pero Oncólogo Competente me dijo que antes de febrero) no me apetece nada atrapar la gastro, la gripe, o, con mi buena suerte legendaria, una combinación de ambas.

Yo estoy disfrutando bastante de la buena forma que mantengo por el momento: el paseo en raquetas de ayer me encantó, me descubrió un rincón de Quebec que no conocíamos ni monsieur M. ni yo  (en su caso, algo inaudito, porque con todo lo que viaja por su trabajo no queda un guijarro en esta enorme provincia que mi intrépido bigfoot de marido no haya explorado ya).

Esta semana pasada también he aprovechado para hacer lo único que puede hacer una para prepararse de verdad a vivir un momento trascendente que le recuerda su propia mortalidad y la futilidad de la vida, como es enfrentarse a una enfermedad seria: ir a la pelu e irme de compras. Me he comprado dos pijamas y una bata nueva. Porque me pincharán, operarán, hormonarán y freirán el pobre pecho al microondas, (y quién sabe cuántas indignidades más), pero no me pillarán hecha una facha, oh no. Uno de los pijamas es muy apropiadamente quebequés: está estampado con ciervos y bocadillos saliendo de sus bocas diciendo: "Oh, deer". En la pelu he invertido un mínimo, vamos, estricto mantenimiento, tampoco es cosa de dejarme una fortuna si luego resulta que en unos meses voy a ser la versión femenina de Kojak. Por la misma razón a partir de ahora tengo una excelente excusa para dejar de depilarme.

También he pasado bastante por el gimnasio y me he puesto tibia a sushi, pero nada de ello tenía que ver realmente con mi salud física, sino más bien con la mental (HADORO, HIDOLATRO el sushi). En la misma línea de prepararme para los tiempos duros que se avecinan, me metí en la librería en línea que he evitado virtuosamente durante este último año y me compré el último libro de Louise Penny (es un talento tan desconocido que aún ni la piratean) y varios cómics de Cathy (que venero), con títulos tan estupendos como "Shop till you drop, then sit down and buy shoes", "14$ in the bank and a 200$ face in my purse" y "Another saturday night of wild and reckless abandon".

Mientras le escribo (o lo intento, porque Alfonso no para de interponerse y lanzarle zarpazos al monitor), tengo masa de bollos de canela leudando en la mesa de la cocina. Mañana pienso desayunar en una orgía de café, cómics y cinnamon buns. Todo ello muy bueno para lo mío, me consta.

Mil perdones por soltarle las chapas que le suelto. Dése por abrazada, les envío -a usted y a ese señor tan alto con el que vive- vibraciones de tisanas con miel y jengibre, ya que no le puedo enviar las tisanas, cosa que sería mucho más práctica (llegarían frías). A Pinito, le mando una amonestación amistosa. No, no sé si ha hecho alguna maldad, pero estoy segura de que en un momento dado la hará, así que me anticipo.

Sinceramente suya -de usted- y realmente plasta,

Arantza

PD: (En mis compras preparatorias tengo que pensar en empezar a mirar tiendas de pelucas, porque mi amiga Edith se casa este verano y si me pilla calva como que una pamela me caería fatal. Estoy pensando en una peluca enorme y rosa.)

PD 2: (Pensándolo mejor, igual me calmo un poco en lo que respecta al tamaño de la peluca, mi amiga puede terminar odiándome mucho si lo único que comenta la gente que vea su álbum de fotos es: -"Ah, ¿también invitaste a una drag queen?)

jueves, 13 de enero de 2011

Cartas a la señora Hernández (II)

"Señora:

Siento lo de su virus. Aunque cuando es un virus no muy malvado, a veces viene bien como excusa para hacer un intensivo sofá-mantita-en-la-tripa. Eso lo digo ahora, antes de empezar el baile de los tratamientos, claro. Después de haber pasado por ello, no sé yo si una perderá bastante estima por esos días de leve enfermedad. Imagino que tras el intensivo sofá-mantita del último año, como que para usted la cosa habrá perdido una gran parte de su encanto :-) [...].

Aún no he visto "The Wire", pero algo me dice que en breve tendré mucho tiempo para verla. Ayer en la sala de espera del centro de oncología mamaria me impresionaron grandemente los cuadritos con fotos de flores, los colores rojo-rosas de las paredes, los muebles Ikea, los cojines, las pilas de Vogues y Elles, los platos con caramelos y la tele colgada en la pared con un capítulo de "Glee". Así como lo encantador de las enfermeras.

Parece un requisito obligatorio para trabajar en esa sección del hospital: ser excesivamente mona y encantadora. Vamos, que cualquier vulgar paciente de cualquier otra vulgar enfermedad que pasaba por delante de la pared acristalada arrastrando su percha del suero, nos miraba en todo nuestro glamour femenino y estoy segura de que casi le daban ganas de tener un cáncer de pecho.

Hojeando mi Vogue yo pensaba que a los pobres hombres a los que les entra un cáncer de testículos o una leucemia no les dan más que una siniestra sala de espera con un sofá de tapicería gris (manchada de café) y sillas de plástico, y, si tienen suerte, una máquina de Coca-Cola (lo sé de buena tinta, pasé mucho tiempo en esa sala el año pasado visitando a Cuñado Lascivo). Y la verdad, no me pareció muy justo. Olvidé esta sensación de injusticia en cuanto la amabilísima enfermera me apuntó a un programa de la Asociación quebequesa del cáncer de mama, en el que recibiré clases de yoga gratis y entradas para el cine y algún que otro espectáculo, así como rebajas para comprar cosméticos y recibir masajes. 

Pensé en subir al sexto piso y contárselo a los chicos de urología oncológica, en plan perra total, pero acto seguido recibí de las manos de Encantadora Enfermera un práctico "kit cáncer de mama", que consiste en una carpeta con folletos que ofrecen charlas y psicoterapia de grupo con bonitos títulos como "La liberación emocional: el perdón cura" o "Transformar la enfermedad en crecimiento espiritual", y un librito que en la práctica es un catálogo de todos los efectos secundarios desagradables producidos por la radioterapia, la mastectomía, la quimio y la hormonoterapia. Tras hojear el librito, se me quitaron bastante las ganas de chufla.

En cuanto a mi competente cirujano y mi ganglio centinela, esta vez tuve la buena idea de no decirle al doctor en qué trabajo, porque me pasa un poco lo mismo que a usted: en cuanto cuento que soy intérprete en un hospital, en seguida piensan que yo debí de estudiar la carrera de medicina en algún país subdesarrollado, y que entiendo todo. Y no. Entiendo -en inglés y en francés, eso sí :-)- lo justo para traducir y poder vulgarizar un poco para la mamá boliviana/mexicana/guatemalteca que se siente junto a mí. I speak doctor as a foreign language. Punto.

Así que no dije nada y el cirujano me lo explicó todo muy bien y muy claramente, casi como presuponiendo que yo estaba dotada de un cerebro. Se lo agradecí mucho. Lo único que no me quedó muy claro, entre tanta información, fue lo de que el cáncer sea positivo para los receptores de estrógenos y de progesterona... no sé si es bueno o malo. Presiento que me van a dar hormonoterapia, y que en unos meses seré yo la que le cuente a usted lo de mi mala hostia creciente y mis sofocos. Lo de que sea negativo para el gen HER2 lo entendí: sé que es bueno (menos probabilidades de proliferación, menos probabilidades de quimio).

Yo aún no llego ni a desarrollar un lenguaje Star Wars para explicarme esto, señora. Estoy en una fase mucho más básica y maniquea: bueno-malo, "bueno" siendo toda noticia que implique un cáncer menos invasivo y vigoroso, y un tratamiento menos agresivo, "malo" representando lo opuesto. Es curioso lo simple que me estoy volviendo... no creía posible ser más simple de lo que ya era, pero estoy alcanzando unos niveles de zoquetez bastante asombrosos. Y ni siquiera puedo culpar a la medicación. Todavía.

Ahora la dejo, que me espera un cafelito (bueno) con tostada de aguacate (buenobueno). Le beso las mejillas ruidosamente y repetidas veces.


Arantza"

martes, 11 de enero de 2011

Cartas a la señora Hernández (I)

"Señora Hernández:

[...] Yo también me he atizado un maratón de cocina (ansiedad pre-cita con el oncólogo, me temo): borscht (aún nos quedaba medio saco de remolachas del otoño... sí, aquí las venden por sacos, a un precio ridículo: su peor pesadilla :-), cremita de coliflor, cake cranberry-orange (restos de cranberries de  las navidades) y moussaka. Una barbaridad. Tenemos para toda la semana.

Mañana es mi cita con el oncólogo, pero más para entrar en contacto y coger el testigo que le pasa Disco-Surgeon que otra cosa. Imagino que saldré de allí con numerosas citas para numerosos pinchazos y ---grafías varias. Vamos, que será como el primer día de clase: conoceré al profe y no habrá muchos deberes.

Por lo demás, duermo mucho (Monsieur M. dice que yo ahogo las penas con la almohada), como mucho chocolate, me bajo muchos libros de sitios pérfidos que me pasa mi hermano (que además de estoico, es informático y sabe dónde bajarse TODO salvo una caña fresca y una ración de calamares) y de vez en cuando hiperventilo un poco y se me acelera el corazón (sin ver fotos de George Clooney, aclaro), que es la única manifestación de ansiedad (aparte de los maratones cocineros) que he experimentado hasta ahora.

Este fin de semana pasado Monsieur M. me ha dado un cursito de esos de tai-chi que da él, con énfasis en la respiración y relajación, durante el que casi me quedo sobada. Con cierta irritación, me dijo que muy bien lo de relajarme tanto, pero que el propósito de dicho ejercicio es intentar hacerlo manteniendo la consciencia. Bof, detalles. Yo me digo que tengo que aprovechar este ataque de narcolepsia que me está dando, en vistas de futuras noches sin dormir por pupas y efectos secundarios varios.
En realidad, lo que realmente me gustaría sería ponerme el pijama, echarme a dormir, que me hagan todo lo que tienen que hacerme y que me despierten dentro de unos meses, cuando hayan terminado.

[...] Que sepa usted que sus mensajes me sientan tan bien como el chocolate que me mandó (aún queda, pero porque lo raciono), y que consigue tranquilizarme asegurándome eso de que aunque la cosa pinte mal luego resulta bien.

Apreciándola inmensamente, le mando besos y abrazos.

Arantza"